La mariposa de papel

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Creación Relatos

Maribel estaba sentada a la puerta de su casa, con una mariposa de papel, dibujada por ella, en la mano derecha. Giraba el insecto gigante para ver los distintos colores con los que había adornado las alas. Levantó la mariposa por encima de su cabeza y simuló que volaba. Al rato cesó de jugar, se levantó del peldaño, se alisó el vestido con la mano izquierda y se acercó al final del jardincito. Con un pie tocó el borde de la hierba, que limitaba con la acera de la calle. Al instante, volvió corriendo a las escaleras del porche y se sentó de nuevo.

—¡Maribel! —la llamó gritando su madre—. Entra en casa, cielo. Te vas a resfriar.

Maribel no se movió. Levantó la mariposa otra vez e imaginó su revolotear sobre las flores. Apenas notaba el frescor en sus brazos desnudos: sólo le importaba observar detenidamente su dibujo.

Pasaron unos minutos.

—¡Maribel! ¿No oyes? Entra en casa de una vez. La cena está lista. ¡Qué niña y qué paciencia!

La niña frunció el ceño. Posó el insecto sobre el vestido blanco. Un escalofrío recorrió su cuerpecillo. A lo lejos, en el cielo, el sol se desplomaba sobre la tierra. Apenas unos tímidos rayos del astro se reflejaban sobre los tejados, como una seda de purpúreos matices. Maribel se acarició el pelo y bajó la mirada.

Durante la cena, papá le preguntó a Maribel qué tal la tarde en el jardín. La niña le respondió que como siempre, que había estado jugando hasta el anochecer, hasta que mamá la había llamado para cenar. El padre miró a su mujer con preocupación:

—Nena, mamá me ha dicho que has estado sentada en las escaleras toda la tarde, como cada día. ¿Por qué no vas a jugar con otras niñas? Ayer vinieron a buscarte Sara y Carmen. Puedes ir tú a sus casas.

La chiquilla permanecía callada.

—Déjala, Marco, déjala. Maribel no quiere. Tampoco quiere estar con sus hermanos. Se pasa las tardes con sus dibujos, sentada en el porche, mirando al cielo… Ya no sé qué hacer para que la chiquilla se relacione con otros niños. Es mejor que no la atosiguemos.

Maribel levantó la mirada del plato y observó a su familia: sus padres conversaban sobre ella, mientras su hermano Manu y su hermana Raquel se disputaban la última croqueta.

Al terminar la comida, la niña se bajó de la silla con destreza, a pesar de la altura que tenía su asiento. La pequeña recogió la mariposa de la estantería y salió fuera. El cielo presentaba miles de estrellas. La sorpresa ante tanta belleza admiró su rostro. Abrió los ojos todo lo que fue capaz y extendió sus brazos al cielo. En ese movimiento, la mariposa se le cayó de las manos; pero Maribel no se percató, tan solo contemplaba extasiada el firmamento. Permaneció así durante un buen rato, hasta que una mano tiró de ella dentro de la vivienda.

Al día siguiente, nada más despertar, Maribel salió a las escaleras de entrada. Había recordado, de repente, que la mariposa se le había extraviado allí. Pero fuera ya no se encontraba su hermosa mariposa pintada. La niña se dispuso a entrar de nuevo a la casa, cuando, delante de su mirada, surgió una mariposa real, igual en colores a la que había dibujado, que volaba indecisa de un lado para otro. Maribel sonrió y siguió el itinerario del insecto por el jardín hasta que este traspasó la hierba y se adentró en la frialdad del cemento. La niña se paró bruscamente. Aún veía a la mariposita volar. Casi la alcanzaba con el brazo estirado.

—Maribel, nena, ¡ven a desayunar! —gritó su mamá.

La chiquilla dudó un instante.

—¡Maribel! —oyó de nuevo a su madre—. Ven ya, por favor. ¿Qué haces?

La madre salió al porche. Desde allí vio a su hija estirar y mover los brazos en ademán de alcanzar algo imperceptible a su vista.

—¿Qué haces? ¿Quieres venir ya?

—Ya voy, mamá —contestó la niña—. He perdido mi mariposa. Ella aprendió a volar.

Durante toda la tarde, Marco miraba, desde su despacho, a su hija sonreír en las escaleras de la entrada mientras garabateaba en un papel con sus pinturas de madera. Se alegró. Hacía meses que no había visto así a su hija. Incluso, en el almuerzo, la niña había reído con sus hermanos.

A la hora de cenar, Alejandra, la madre, llamó a Maribel para que entrase en la casa. Como siempre, la chiquilla se retrasaba, así que se asomó al porche. La niña estaba con los brazos extendidos al cielo y reía. De una de sus manos cayó un dibujo. Al rato, Maribel se sentó a la mesa. El padre preguntó a su pequeña por la tarde en el jardín; sin embargo, enseguida, la indagación se interrumpió, pues observó que a Maribel le corrían las lágrimas por la mejilla.

—¿Por qué lloras?

Maribel detenía su mirada en el frigorífico. La madre, al comprobar qué estaba observando, añadió:

—Encontré tu mariposa en el jardín y la coloqué en la nevera con unos imanes. El viento la había metido entre las macetas. ¿No te alegras?

La niña se secó las lágrimas con las manos. Recordó que había estado toda la tarde dibujándose a sí misma volando en un cielo estrellado. Únicamente pudo balbucear:

—Entonces… Entonces, ¿mi mariposa no aprendió a volar?

NOTAS DE LA AUTORA:
—Este relato fue publicado por primera vez en Mis letras.
—La fotografía fue tomada en Zamora el 30 de mayo de 2010.


La mariposa de papel –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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