El pañuelo negro. Una española en Argentina

Comentario

Creación Relatos
El tren Roca en Calzada

El pañuelo negro es la historia de dos mujeres que buscan una segunda oportunidad, aunque para ello tengan que huir de su país de origen.

Escrito por Olivia Vicente, aparece publicado en la antología del III Certamen de relatos «Contos de Ultramar» (2017) convocado por la AVV Ultramar y Ayuntamiento de Ferrol.

En la funeraria todos me observaban. Con cada inspiración, mis latidos se apresuraban; con cada vistazo al reloj, se me oprimía el pecho. Sin embargo, lo que más me aturdía eran los susurros sobre la difunta y, obviamente, su relación conmigo. Por eso, cada vez que Antonia se aproximaba para preguntarme cómo estaba, tenía unas ganas irreprimibles de gritar a pleno pulmón que se marcharan todos de allí y nos dejaran en paz.

La señora María había decidido a sus ochenta y seis años morir. La mayoría de las personas no pueden elegir ese momento, pero ella, sí. En el barrio la superstición le había otorgado fama de hechicera, una hechicera forjada en la Segunda Guerra Mundial, cuando, durante una noche de invierno, aparentó su propia muerte enterrada bajo cadáveres para huir del ejército alemán.

Ese fue su nuevo nacimiento, seguido por otras hazañas calificadas décadas posteriores como heroicas. No obstante, la señora María nunca podría olvidarse del terror de los cuerpos inertes que la turbó con unos escalofríos tan pronunciados que amenazaron con revelar su escondite. El azar, decía, era lo que había logrado que los soldados no la distinguieran, gracias a la lluvia o al incendio de la panadería de Tommaso. Mas los vecinos del barrio y de las localidades cercanas hablaban de la señora María como la milagrera, por lo que a su casa peregrinaba una masa irregular y constante de crédulos que se apostaba en la entrada, donde se acrecentaba el mito con los comentarios acerca de sus últimas intervenciones.

La señora María no siempre fue conocida por ese nombre. Cuando llegó a la Argentina traía en su documento de identidad un nombre, Marietta, y un apellido, que, por ignorancia o indiferencia de los policías de aduana, pasó de ser Graziano a Gracias. Esta hecho más común de lo que pudiera imaginarse la bautizó como María Gracias, nombre que se volvió pronto popular entre los habitantes de José Mármol.

María Gracias trabajó en cualquier oficio que le permitiera huir del hambre. De Italia se trajo un costurerito y mucha habilidad a la hora de coser y arreglar ropas. Pronto fue aceptada en una casa de modistas, en la que pasaba el día desde que salía hasta que se ponía el sol. Cosía los bajos de los pantalones, recortaba mangas y patas, deshacía y ajustaba cuellos de chaquetas… Era tan habilidosa que aprendió a cortar patrones y a usar la máquina de coser, la única Singer que había en todo Mármol, Calzada y Claypole juntos. Casi todo el dinero que ganaba lo ahorraba: carecía de una personalidad caprichosa y, además, como consecuencia de las penurias padecidas durante la gran guerra, su estómago achicado por la hambruna tan solo le exigía comidas frugales. De esta forma, entre la casa de modistas y los encargos que le hacían al margen de esta, María logró comprar un pequeño terrenito en el que se construyó una humilde vivienda.

La vida de la señora María siempre estuvo rodeada de interrogantes. Cada vecino se imaginaba cómo era o había sido en verdad. No sin cierto descaro, me preguntaban sobre su vida o deseaban que les aclarara la veracidad de una historia. Sin embargo, yo procuraba mantener viva la leyenda, no por nada en especial, sino por el hecho de que me repateaba que la gente se inventara anécdotas sin ningún sentido. Me insistían tanto que terminaba por seguirles la corriente. De hecho, a la Gracias, también nombrada así, le encantaba despertar la imaginación de sus convecinos, puesto que se deleitaba con los rumores.

La primera vez que escuché su nombre fue a través de una de esas historias. Había llegado a Argentina hacía pocos meses. Desesperada por mi situación económica, dejé España sin lágrimas en los ojos, pero con miedo a continuar con mi inestabilidad profesional. Buenos Aires me acogió con un trabajo de secretaria en una consultoría. Para llegar a la capital, diariamente viajaba en el Roca hasta Constitución y desde allí empleaba casi una hora más en metro. Esto, en vez de desagradarme, me traía a la memoria mi vida en Leganés y mi trabajo en Madrid.

El tren Roca en Calzada

Para llegar a la capital, diariamente viajaba en el Roca.

Iba acostumbrándome a la cotidianidad fácilmente, pero no soportaba la humedad. Se metía en mis huesos desde que salía de las sábanas hasta que me duchaba con agua ardiente a la noche. Un día enfermé de faringitis y, a pesar de la medicación y de los remedios caseros, no conseguía deshacerme de la irritación de garganta, así que, cuando estaba en la panadería, me comentó una de las vendedoras que fuera a Mármol a ver a la señora María, pues ella, con un masaje en las manos, le había curado una infección similar a la mía. Evidentemente, escuché ese comentario con escepticismo y, reconozco ahora, cierta superioridad. Caminé hasta casa con un poco de fiebre y el temor de afrontar la jornada siguiente de trabajo en ese estado. En los días posteriores, aunque desapareció la fiebre, mi afonía empeoró por lo que, harta de estas circunstancias, me acerqué a la casa de la Gracias.

Su casa, rodeada de un verde prado, estaba pintada de un azul intenso y en el porche de entrada disponía de un banco de madera en el cual un letrero invitaba, literalmente, a descansar de los pesares de la vida. Mi mueca de sonrisa fue interrumpida por una anciana frágil de aspecto, pero cuya mirada reflejaba la fuerza de la experiencia. Al adentrarme en la vivienda, la señora me ofreció una silla y, sin que yo articulara un desentonado verbo, me agarró de las muñecas, las cuales estuvo masajeando durante unos minutos hasta que su voz despertó la mía:

—Ahora hablá.

Aturdida, le di las gracias:

—¿Cómo ha sabido por qué venía a verla? ¿Y cómo ha conseguido quitarme la afonía?

—Querida niña, las abuelas sabemos cosas que una nena como vos no podés entender. ¿Querés un mate? Recién puse agua a calentar y tengo unas masitas que una vecina me regaló.

Ese encuentro cambió mi vida. Pude percibir en su mirada la necesidad de compartir una soledad que ella había comenzado a sentir desde el momento en que abandonó su tierra natal. La Argentina era su casa, pero Italia fue su hogar. Viajaba por calles que nunca había visto y que soñaba conocer y acariciaba mi añoranza por España. Me mecía con sus palabras y yo, los fines de semana, por las tardes, le llevaba las facturas para el mate. Desde la silla del rincón admiraba cómo cuidaba a los enfermos sedientos de consuelo, quienes le correspondían con un obsequio o con la voluntad.

Ella, que se desvivía por todos, en cambio no prestaba atención a su salud. Una fuerte subida de tensión le provocó un accidente cardiovascular. Estuvo ingresada en el hospital. La visitaba todas las noches después del trabajo para hacerle compañía. Cuando le dieron el alta, su cuerpo débil requería de atenciones en su casa, por lo que me trasladé allí hasta que se recuperase.

Pasaron varios meses y, como a las dos nos gustaba estar juntas, me mudé definitivamente para vivir juntas. Una vez que sanó, reanudó su consulta y me introdujo como aprendiz. Me mostraba sus enseñanzas, que yo ponía en práctica con los enfermos, pero, sobre todo, me reiteraba la importancia de la voz como instrumento para sanar. Luchaba entre el escepticismo y la experimentación. En vez de enfadarse, se reía.

—De pequeña era como vos. Mi mamá iba de casa en casa para ayudar a los más desfavorecidos y yo la acompañaba. Llevaba un pañuelito negro atado al cuello y unas pulseras de cuero. En el pueblo la llamaban la Miracoloso. Mi nacimiento fue cosa sobrenatural, según relataban, porque ella se enfrentó sola a la noche. Pero ¡qué iba a hacer una joven embarazada a la que echaron sus padres!

Cuando llegaba a ese punto de la historia, su mirada descansaba en una fotografía vieja. Callaba después largo rato hasta que un enfermo llamaba a la puerta para sacarle de su ensimismamiento. Yo elucubraba continuaciones de la historia.

Durante el ocaso de un día de septiembre me encontraba sentada en el banco de la entrada. Ella despidió a su última visita. En las manos traía su mate favorito, uno que le había regalado la sobrina de Antonia tras realizar un viaje a Salta. Se sentó a mi lado. Ambas mirábamos el cielo lleno de estrellas.

—Una noche como esta, aunque ya no recuerdo bien, mi madre se despidió de mí —rompió el silencio—. Quería que abandonara la miseria de Italia, de un país desagradecido con su propia gente. En su despedida la tristeza de su voz se grabó en mi memoria. Me agarró de las manos y me besó en las mejillas. Su calor, el dulzor de sus lágrimas y la fuerza de su cuerpo —se palpaba la cara— aún están conmigo. Al día siguiente agitaba su mano en el muelle. De ella solo tengo su fotografía y el pañuelo negro. Quizás por eso me empeñé en utilizar sus enseñanzas en la Argentina. Tampoco creía yo en ellas, pero acá se reaviva la despedida y su verdad. Vos sos como yo. Abandonaste tu país y dejaste atrás a las personas que amás.

—El mundo ahora es pequeño gracias a internet —comenté entretenida en el humo de mi cigarro.

—Entonces era distinto. Hoy el pasado se hace cada día más presente. Sueño con mi mamá por las noches desde hace una semana. Se adorna con el pañuelo negro y en sus manos, adornadas con las pulseras, protege a un conejito recién nacido del vecino. Mi mamá no habla nada durante el sueño. Al final me pide que no me olvide de ella y yo le prometo que no lo haré. Al despertar se me borra su cara y agarro la foto para reconocerla. Necesito esos sueños… Necesito no salir de ellos porque estoy cansada de vivir lejos de ella, ¿entendés?

—Sí —contesté con pesar—. Pero, ¿seguro que es eso lo que quieres?

—Escuchame, por favor —me dijo mientras me agarraba una mano—. Mi mamá callaba muchos secretos por mi bien. Sin embargo, hay secretos que a uno le brotan entre los labios en la desesperación. La noche antes de mi partida, ella me contó acerca de mi papá. Ella solía acudir a ver a familias de agricultores que vivían en el campo, lejos de la aldea. Era fuerte y no le tenía miedo ni a la oscuridad ni a las personas. Portaba un cuchillo oculto en sus ropas, porque en el pueblo habían secuestrado a jóvenes para casamientos forzados. Esa noche, mientras regresaba del campo, un hombre la siguió hasta la entrada del molido. Al amanecer lo encontraron muerto. Pasaron varias semanas y mi mamá comenzó a sospechar que esperaba un bebé. Sus padres la obligaron a abandonar la aldea, pero una familia de agricultores la acogió hasta que los propietarios de las tierras en las que estos trabajan la tomaron como criada. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, estos señores cayeron en desgracia y tuvimos que huir a la ciudad en busca de refugio y anonimato, pero, en vez de eso, padecimos más hambre que en el campo. La situación fue agudizándose hasta que la única salida consistió en enviarme a Argentina, donde, en teoría, me esperaba una familia amiga de mi mamá, que jamás fue a recibirme al puerto de Buenos Aires. Desde ese puerto a hoy en mi pensamiento solo han pasado unas pocas horas, unas pocas estrellas.

Cuando hubo terminado de contar su tragedia personal, de nuevo el silencio se adueñó de la noche. Parecía que las estrellas, al igual que yo, deseaban inventar otra historia. La señora María me deseó buenas noches y se retiró a su pieza.

Árboles en Calzada.

A la mañana siguiente, no se despertó.

A la mañana siguiente, no se despertó: una sonrisa se dibujaba en su cara. Junto a su cama me encontré con una hoja manuscrita en la que redactó su última voluntad: quería que yo me quedara con el pañuelo negro, recuerdo de su madre, y con la propiedad de la vivienda.

En la funeraria soporté apenas la presión. Unos curiosos anhelaban escuchar la verdad de los últimos momentos; otros se compadecían de la difunta; y un número menor mostraba hostilidad hacia mí al desconfiar de los resultados de la autopsia.

En el cementerio, al escuchar cómo la tierra iba cayendo poco a poco sobre el ataúd, yo también buscaba su rostro en mi pensamiento, como había buscado ella el de su madre, y creía que este iba a desaparecer entre el silencio. Entonces metí mis manos en los bolsillos de mi chaqueta y sentí el tacto del pañuelo negro, aquella gasa que fue testigo de la historia de la señora María.


NOTAS DE LA AUTORA:

El pañuelo negro fue seleccionado para ser publicado en la antología del III Certamen de relatos «Contos de Ultramar» 2017 convocado por la AVV Ultramar y Ayuntamiento de Ferrol. El periódico Galicia Ártaba se hizo eco de esta noticia: pincha aquí.

—Las fotografías fueron tomadas en 2008 y 2010 y representan distintos espacios de la ciudad de Rafael Calzada, a la que tanto quiero. Las obtuve con una Canon PowerShot G3 y con una Canon DIGITAL IXUS 200 IS. Han sido editadas mediante el programa ACD See Pro 6.

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