Archivos según la categoría: Relatos

Mis relatos ficticios: historias de personajes casi siempre perdidos en el mundo que les ha tocado vivir.

El asombroso caso de Juan

A veces los poderes de los niños se subestiman. Por ejemplo, de sobra es conocido el caso de la niña que era capaz de transformar su habitación en un castillo repleto de dulces. ¿Y qué me dicen de aquel niño que con sus dibujos creó una puerta mágica en el salón que le servía para viajar hasta las Antípodas? Son casos realmente sorprendentes, pero a los que nos hemos habituado con el paso del tiempo. Yo llevo años investigando la adquisición de estos dones por parte de los infantes y, en estos momentos, estudio un caso muy especial.

Juan es un niño de apenas ocho meses. Aparentemente no se diferencia de los bebés de su edad. Esta sensación me produjo la primera vez que lo examiné: sus padres lo habían llevado a mi consulta porque les había llegado a sus oídos que yo estudiaba las peculiaridades de los niños. Lo estuve examinando durante una media hora y nada me llamó la atención, así que informé a los padres de que su hijo, sintiéndolo mucho, carecía de cualquier característica sobresaliente más allá de las propias de cualquier ser humano sano. De este modo, salieron de mi consulta algo contrariados. Yo estuve anotando unos datos en el ordenador y salí a llamar a otro paciente. Justo en ese momento, la enfermera Paula gritó mi nombre, por lo que me dirigí apresuradamente al recibidor de la consulta: ahí estaba Juan, presionando su nariz y su orejita derecha; con el contacto de sus dedos en esas partes del cuerpo conseguía emitir un sonido parecido al de una armónica. Evidentemente, mi perplejidad fue absoluta y más aún cuando, en un instante, adoptó un semblante de tal normalidad que los rostros asombrados de los adultos resultaron una mueca cómica y absurda.

Tras ese día, Juan viene a mi consulta una vez cada quince días para examinar sus progresos. Como el niño se cansó de tocar sonidos con su cuerpo, sus padres le regalaron un pequeño piano, con el cual deleita a su familia interpretando a Chopin y varias piezas de Mozart. También ha desarrollado otras habilidades, aunque estas más difíciles de comprobar: por ejemplo, las personas que comparten bastante tiempo con él aseguran que ahuyenta los fantasmas del pasado y pacifica las almas atormentadas por una conciencia punzante; en otros casos, logra renacer la infancia de aquellos que apenas gozaron de ella.

Ustedes podrán discutir lo evidente; no voy a culparles de su escepticismo. Sin embargo, yo puedo asegurarles, como investigadora galardona en varias ocasiones, que Juan es mi caso más notable y que sus generosas cualidades han permitido que la Ciencia se detenga a examinar los poderes connaturales de estos pequeños. Ahora tan sólo queda dilucidar por qué, alcanzada cierta edad, esas facultades desaparecen o se ocultan al resto de la sociedad.

NOTAS DE LA AUTORA:
– Este cuento apareció publicado por primera vez en Mis Letras. Hace una semana, con motivo del cumpleaños de mi sobrino, fue publicado en el número 287 de Vecinos.


El asombroso caso de Juan –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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La mariposa de papel

Maribel estaba sentada a la puerta de su casa, con una mariposa de papel, dibujada por ella, en la mano derecha. Giraba el insecto gigante para ver los distintos colores con los que había adornado las alas. Levantó la mariposa por encima de su cabeza y simuló que volaba. Al rato cesó de jugar, se levantó del peldaño, se alisó el vestido con la mano izquierda y se acercó al final del jardincito. Con un pie tocó el borde de la hierba, que limitaba con la acera de la calle. Al instante, volvió corriendo a las escaleras del porche y se sentó de nuevo. Continuar leyendo

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La ferretería

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En la puerta del antiguo comercio, se sentó un chiquillo con su balón de fútbol. Pedro, desde el balcón de enfrente, observaba las paredes despintadas y agrietadas de la ferretería del difunto Manolo. Recordaba cuando él, a esa misma edad, entraba cada tarde para preguntar lo mismo:

—¿Te sobra alguna caja de diez por diez?

Y Manolo le contestaba unas veces afirmando y otras negando. En realidad, a Pedro le gustaba el olor que desprendían los metales y la sonrisa afable de aquel hombre.

Con los años, Pedro dejó de pedirle cajas para sus cromos de jugadores de fútbol, sus canicas, sus recortables de armamento… A veces se lo encontraba por el barrio, bastante alicaído, con la cabeza agachada, pero con idéntica sonrisa.

Ya, adolescente, un día que su madre conversaba con la vecina mientras tendía la ropa en el patio de luces, se enteró de que el viejo había fallecido. Mudo, salió de su casa, conteniendo las lágrimas y portando varias de las cajas repletas de sus juegos de infancia. Cruzó la calle y se sentó a la puerta de la ferretería, que golpeó a sabiendas de que nadie le abriría; luego, en voz queda susurró:

—¿Te sobra alguna caja de diez por diez?

NOTAS DE LA AUTORA:

– Escribí este relato en Zamora, el 22 de febrero de 2009. Ya ha sido publicado en otras ocasiones, pero siempre es un buen momento para recordar.

– La fotografía fue tomada en Cuenca el 3 de agosto de 2014 y la he procesado posteriormente.


La ferretería –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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Bailarina. Él, Aquella, Otro y Pequeño

Él se estaba preguntando qué ocurría porque a su alrededor solamente se encontraba la angustia. Jadeaba paciente sin otra preocupación que la de jadear. ¿Qué sucede? Seguro que se cuestionaba el motivo del revuelo. Se miró una mano que imaginó con un juguete de cartón, de esos con pasado caro; se miró la otra, la derecha, y vio un cigarro, de esos que había abandonado. No sabía que eran dientes de león a capricho del viento.

Él procuró incorporarse al mismo tiempo que una bailarina plateada giraba en su cabeza; una pálida bailarina de cabellos de agua que salpicaban sin terminar de mojarle completamente. Aquella se levantó del suelo, le acarició la mejilla y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Se le acercó Otro. ¿Qué pasa? Otro le contestó observándole, le acarició la otra mejilla y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel que aterrizó en la cama; de repente, se paró y abrió una boca blanca, torció la cabeza y dibujó una mueca en los labios que no expresaba nada; anduvo unos pasos y colocó su cara rozando la de Él; despegó el rostro y regresó a sus correrías.

Bailarina (Baltasar Lobo)

La Bailarina ahora danzaba lentamente como si un fuerte peso la aplastara, mientras Él suspiraba.

Aquella se levantó del suelo y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Otro se acercó y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel arrugado en la mano, que no pudo aterrizar en la cama; de repente se paró, torció su cabeza y regresó a sus correrías.

La Bailarina gris cayó desmayada.

Aquella, Otro y Pequeño salieron del cuarto. Cerraron la puerta. Aquella se había arrodillado, Otro se sentó en una silla frente a Pequeño, que jugaba con un avión recientemente estrenado alrededor de ellos a la par que se preguntaba: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido?


NOTAS DE LA AUTORA:

—Este relato forma parte de la Antología desesperada, un conjunto de textos en prosa y en poesía en los que experimenté diversas tendencias literarias. Mi hermana realizó la edición de manera artesanal.

—La fotografía de Bailarina fue tomada el 27 de agosto de 2009 en Zamora en el Museo de Baltasar Lobo.


Bailarina (Él, Aquella, Otro y Pequeño) –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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