Archivos según la categoría: Teoría de la escritura

Aguijones relacionados con el acto de la escritura, a medio camino entre el ensayo y la intuición.

Una historia de la indagación

Cuando tenía aproximadamente dieciséis años, escribí lo que llamé entonces una novela. La protagonista, una muchacha ciega, conocía su mundo venciendo sus limitaciones visuales. Sin embargo, su reto no era únicamente ese, sino hallar las repuestas a una serie de preguntas que se sucedían en su mente.

Veinte años después, estoy escribiendo una historia de la indagación. Su relato mantiene ciertos vínculos con el que diseñé siendo adolescente, pero está muy influido por las lecturas que he realizado a lo largo de estas dos décadas. Todas esas obras no han dado respuesta al interrogante más grande que vive en mi cabeza: ¿quiénes somos cada uno de nosotros? Contrariamente, han avivado más la necesidad de continuar indagando.

José María Merino afirma que “solamente leyendo se aprende a escribir”. Yo adaptaría su cita de esta forma: “solamente dudando se aprende a vivir”. Es la búsqueda lo que puede dar sentido a esa serie de preguntas, de las que se ramifican otras. Por eso, la escritura es un instrumento de indagación que facilita la aparición de misterios.

Cuadernos con relatos

Cuadernos con relatos

Cuando leemos, proyectamos nuestra personalidad en la elección de los libros. Los personajes conviven con nosotros. El narrador nos relata los sucesos susurrándonos en los oídos. Parece que reconocemos espacios en los que jamás podríamos haber estado. Pactamos de esta forma con las obras y sellamos esta confianza al pasar las páginas. Terminar un libro es terminar una amistad. Luego, nos quedamos en un estado de nostalgia, un luto breve que concluye con el siguiente libro que empezamos.

Cuando escribimos, nos toca crear esos enigmas. Nos sentimos huérfanos a la hora de tomar decisiones. Las dudas nos asaltan, pero ¡es tan embaucadora la imaginación! Se trata de un doble papel, escritora y lectora, que, a su vez, se alimenta de otros escritores que han sido eternos lectores.

Hoy, la espiral continúa. Esta noche acabaré probablemente Baila, baila, baila. Las dudas de Murakami me llevarán a las preguntas de otras personas. Buscaré en el libro electrónico: ¿qué ruta tomaré? ¿Faulkner, Duras, Vila-Matas, Auster…?  

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El bloqueo en la escritura

Estoy realizando un curso de novela; con él, entre otras cosas, pretendo romper con el bloqueo en la escritura. Por ahora, en los inicios, me siento cómoda y, además, por otro lado, el horizonte se va expandiendo y vuelvo a escribir en mi cuaderno de cuartillas. Tras la búsqueda puede hallarse un camino a seguir.

He hablado en otras ocasiones de lo que supone pasar de la mente al papel y el esfuerzo doloroso que provoca más de una vez. A lo largo de este año, o quizás más —no quiero ni pensarlo—, he sentido cómo una punzada se clavaba en mi corazón ante la oxidación de mi cerebro. La enfermedad de la escritura es un aleteo que invade a la persona desde la cabeza hasta los últimos milímetros de su cuerpo y su origen se justifica de varias maneras. No tengo ni idea de cuándo comencé a sentir la necesidad de coger una hoja y de escribir en ella los pensamientos que me asediaban, atemorizaban, entristecían… ¿Por qué la escritura ha sido sinónimo de soledad en momentos en los que parecía que era la salida a mis callejones particulares? Aún no lo sé. Aún pienso que no ha sido nunca una opción, sino una forma de vivir. Sin embargo, es mejor padecer a que exista solo el vacío.

Cueva en Las Médulas (León).

Detalle de cueva en Las Médulas (Léon).

Para mitigar la ausencia de escribir, en las fiestas navideñas he leído varias obras. Al leer se acalla la obsesión y, por otro lado, me permite soñar con posibles historias. Ayer acabé El ruido y la furia de madrugada, echada en la cama en completa oscuridad, solo con la luz del libro electrónico de atmósfera. De este modo, solo existía el libro, que penetraba directamente en la piel durante el silencio nocturno. Llegué hasta esta lectura porque en un artículo periodístico un escritor, de cuyo nombre no me acuerdo, recomendaba bucear en el mundo de William Faulkner, una tarea pendiente para mí. ¡Hay tantos autores y tan poco es nuestro tiempo en la Tierra! Por eso tomé esta novela y me introduje en el Sur norteamericano. Me fijé, sobre todo, en cómo reflejaba el torrente de conciencia y en cómo conseguía agudizar la tensión con cada una de las cuatro partes. Pero para llegar hasta aquí, anduve anteriormente otro paso.

No solo leer puede ser una forma de controlar la ansiedad por el bloqueo. En el curso proponen recetas tan sencillas como organizar un horario y respetarlo pase lo que pase, aunque se tenga la mente en blanco. Al principio pensé que se trataba de una medida absurda: ¿cómo voy a tener un horario para escribir si no logro escribir? No obstante, resolví la tarea siguiendo las instrucciones. Soy buena alumna: hago siempre lo que mandan los profesores. Y, para mi sorpresa, funcionó. No cuestiono si se me ocurre algo o no para mi hoja en blanco; únicamente, comienzo a garabatear las ideas que rondan por mi mente, tales como la falta de concentración, la quiebra de algún argumento pendiente, etc. Después de un rato de lamentaciones, el cual voy acortando, continúo con el hilo que había dejado: Ariadna, la de dulces dedos, me indica dónde se encontraba un personaje en líneas anteriores y yo sigo su madeja, temerosa, pero más feliz y tranquila.

Al laberinto de cada jornada de escritura ha contribuido además leer una de las lecturas recomendadas por el curso: El Gozo de Escribir, de Natalie Goldberg. Con este libro, se puede y se debe entender la escritura como una forma de placer. La clave reside en el equilibrio, muy en la línea zen. La autora se muestra cercana, contando sus experiencias, llenas de temores reconocidos por cualquier escritor. El libro es interesante, a pesar del copioso número de erratas y de faltas de ortografía que muestra la edición de La liebre de marzo. Seguro que su lectura podrá resultar útil a otras personas que también sientan vaguedad en sus composiciones.

Yo hoy me siento satisfecha. He burlado a mis miedos y he ahuyentado al bloqueo en la escritura. Mañana será otro día y en él reconoceré a otros demonios. Pero nunca me faltará la convicción de que escribir es un error que adoro cometer, especialmente si durante él escucho la música de un piano, lejano, casi ensordecido, pero cuyas vibraciones me conectan con otros mundos que esperan ser escritos.

NOTAS DE LA AUTORA:

— La fotografía fue tomada en Las Médulas (León), en julio de 2015, con una Nikon D3200.

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No persigas los sueños

Las tazas de café caliente en un día como hoy, amanecido entre la niebla y la resaca provocada por la pesadilla del 13N parisino, solo pueden traer dos cosas: la realidad y el deseo. No quiero ser frívola, pero, quizás por la propia somnolencia, me he entregado a seguir entre sueños, una forma de escapismo lícita.

No persigas los sueños o estos se apoderarán de tu mente.

En una ocasión me aconsejaron vivir al margen de las múltiples ideas que brotan diariamente en mi cerebro. Fue un consejo sabio, pues actualmente ellos, los sueños, controlan mi imaginario. Son fantasmas que surgen en un rincón y se retuercen cual madreselva entre las neuronas. Sus caprichos proyectan deseos, tras los que me entrego con perezosas salvedades.

El Zulo

Detalle de El Zulo, escultura de Víctor Ochoa.

A veces, cuando me hallo en una espiral, busco palabras para robárselas a otras personas, pues no existe la originalidad. Esta se perdió en el tiempo, así que me siento como Pierre Menard. Escribo en el ordenador, en una hoja suelta o en uno de los cuadernos para estructurar el pensamiento, pero solo consigo un intento, dos, infinitos, descompuestos, enmarañados, torpes.

La calma nunca llega. Los términos absolutos son para otros individuos. Yo únicamente puedo recuperar los versos que nacieron de otras cabezas para que su lectura me embelese con sus sueños. 

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco


NOTAS DE LA AUTORA

— Los versos pertenecen al poema “La realidad y el deseo”, publicado en Mutaciones de la realidad (1979). La autora, Olga Orozco, homenajea al poeta Luis Cernuda.

— La fotografía fue tomada el 6 de agosto de 2015 en Cartagena con una Nikon 3200 D. He empleado los programas ACD See Pro 6 y Pixlr para editarla.

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La música: mi liberación

Me resulta difícil decantarme por un tipo u otro de lecturas, ya que encuentro interesantes los contenidos de diferente índole. Sin embargo, últimamente tiendo a buscar aquellos libros en el que la música juega un papel relevante.

La música posee un gran poder de sugestión. Las notas unen el presente con el pasado de una forma tan directa como los olores. Proyectan en el cerebro imágenes de una viveza que, en ocasiones, me asustan. Este encanto lo empleo en la escritura. Continuar leyendo

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