Archivos según la categoría: Obra

escritura, manuscrito

Mi obra emplea diferentes géneros para hablar de los temas que más me interesan: la búsqueda de identidad y la creación literaria.

Columnas, poemas, relatos, ensayos, fotografías… a un clic.

Porque la literatura depende del enfoque con el que se mira. 

Dulce señora

Pintura del Museo del Monasterio de Yuste.

Pintura del Museo del Monasterio de Yuste.

¿En qué piensas, dulce señora, atrapada en tu cárcel de madera?

¿Son las horas las que te preocupen, aquellas que, aturdida por la ausencia de movimiento, te reclaman?

¿Son los sueños, esos que por tu condición te prohibieron despertar, los que maltratan tu tiempo de reposo?

¿Quizás es el lastre del pasado o la incertidumbre del futuro, que se yergue con el paso de las estaciones eternas?

En tu callada respuesta, al contemplar tus hermosos ojos, el mío, único, ciclópeo, quiere envolver tu tez con su velo gris para darte otra realidad, fuera de la geometría.

Dulce señora, dime, por favor, en qué piensas. 

NOTA DE LA AUTORA:

— La fotografía fue tomada con una Nikon D3200 en el Monasterio de Yuste el 12 de diciembre de 2015.

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No persigas los sueños

Las tazas de café caliente en un día como hoy, amanecido entre la niebla y la resaca provocada por la pesadilla del 13N parisino, solo pueden traer dos cosas: la realidad y el deseo. No quiero ser frívola, pero, quizás por la propia somnolencia, me he entregado a seguir entre sueños, una forma de escapismo lícita.

No persigas los sueños o estos se apoderarán de tu mente.

En una ocasión me aconsejaron vivir al margen de las múltiples ideas que brotan diariamente en mi cerebro. Fue un consejo sabio, pues actualmente ellos, los sueños, controlan mi imaginario. Son fantasmas que surgen en un rincón y se retuercen cual madreselva entre las neuronas. Sus caprichos proyectan deseos, tras los que me entrego con perezosas salvedades.

El Zulo

Detalle de El Zulo, escultura de Víctor Ochoa.

A veces, cuando me hallo en una espiral, busco palabras para robárselas a otras personas, pues no existe la originalidad. Esta se perdió en el tiempo, así que me siento como Pierre Menard. Escribo en el ordenador, en una hoja suelta o en uno de los cuadernos para estructurar el pensamiento, pero solo consigo un intento, dos, infinitos, descompuestos, enmarañados, torpes.

La calma nunca llega. Los términos absolutos son para otros individuos. Yo únicamente puedo recuperar los versos que nacieron de otras cabezas para que su lectura me embelese con sus sueños. 

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

Olga Orozco


NOTAS DE LA AUTORA

— Los versos pertenecen al poema “La realidad y el deseo”, publicado en Mutaciones de la realidad (1979). La autora, Olga Orozco, homenajea al poeta Luis Cernuda.

— La fotografía fue tomada el 6 de agosto de 2015 en Cartagena con una Nikon 3200 D. He empleado los programas ACD See Pro 6 y Pixlr para editarla.

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Sierva o el cuaderno

Sierva tenía marcado su destino en el nombre o, al menos, eso le gustaba pensar. Su madre quedó enamorada de un personaje de García Márquez y decidió bautizarla así, a pesar de que a su marido el nombre le recodara a la conquista colonial. El exotismo de su nombre de pila causaba estragos allá donde ella se presentaba. La gente dudaba de cómo llamarla por la crudeza del vocablo, ajenos a la dimensión literaria del mismo. Incluso, un día, en clase de Latín, el profesor, horrorizado, repitió en seis ocasiones el étimo; sin embargo, a Sierva esto no la avergonzó, sino que, orgullosa, asumió los cuchicheos y las risas de sus compañeros de aula, algunos de los cuales atesoraban altivos su propio nombre enmarcándolo en dibujos o decorando sus carpetas: así, por ejemplo, uno pintaba en letras grandes y rojas Jonathan y otra escribía en rotulador indeleble por todos los lados de la carpeta- o de la mesa- Shakira. Con el paso de los años, Sierva se sumió en la soledad de la incomprensión del prójimo; no obstante, ella jamás lo lamentó, pues la experiencia le había demostrado que Hobbes no tiene razón, no, que el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad, invento diabólico, la que pervierte su interior. De esta forma, aceptando la generosidad humana como parte insoslayable de su especie, vivía feliz, o casi, y, más o menos, libre.

Cuando hubo cumplido los dieciocho años, sus padres le regalaron un cuaderno fabricado a mano por unos minusválidos. Era un cuaderno precioso, en tonos crema, con unas flores secas pegadas en la portada y con el interior, sus hojas, de papel artesanal. A Sierva le encantó. Este hecho, aparentemente insignificante para cualquier persona de su edad, marcó su vida, pues desde ese momento decidió honrar a su padre literario y comenzó a escribir. Al principio no se le ocurría nada, así que realizó un ejercicio explicado en un libro de esos que te prometen convertirte en un prosista sublime en pocos pasos. La actividad consistía en buscar, al azar, en el diccionario, diez palabras y elaborar a partir de estas una breve redacción de un folio. Lo cierto es que no tuvo mucha suerte con los términos, ya que algunos eran un tanto desacertados para un texto de intención artística, como geógrafo, oleaginoso, trituradora, zopenco (o zopenca, claro), etc. Estos inconvenientes no amilanaron a la joven, por lo que logró una redacción cuasiliteraria de bastante corrección gramatical y de sugerente contenido. Después de este intento cumplido, Sierva cerró el cuaderno y se prometió escribir más historias, una a la semana o cada diez días. Sin embargo, no volvió a coger el cuaderno hasta dos años después.

En su veinte cumpleaños recordó sus ansias frustradas de escritora. Revolvió los cajones de su armario para rescatar el cuaderno de un olvido temporal, pues ella reconocía que únicamente había aparcado esta afición y que su sino le llevaría de nuevo a las letras. Esta vez empezó a bocajarro, con un título provocativo, sin tapujos: «Coito». Tan solo habían transcurrido unas pocas horas desde el quebranto de su inocencia y no podía perder la oportunidad de inmortalizar sus sensaciones. Bueno, lo cierto es que apenas había sentido nada, porque las cosas apresuradas salen mal o no tan bien. El chico había puesto su empeño, unas copas desafortunadas y una cama que olía a sábanas cuya limpieza se remontaba hasta dos meses. No obstante, Sierva estaba contenta, qué se le iba a pedir a una relación de estraperlo, de hola y adiós, de yo te conozco de la facul. En esos instantes de rememoración, sentada sobre la cama, semivestida (o semidesnuda), se echó una mano a la altura de los genitales, pues sentía húmedas sus bragas y, asombrada, comprobó que todavía sangraba un poco. Suspiró. Entonces, de vuelta a su habitación, tras asearse en el baño, se le ocurrió el título y el tema de su nueva creación. Pensó que el tratamiento del texto le suponía un reto, al evitar caer en lo zafio y convencional del caso. Tras mucho tachar y poco concluir, Sierva cerró el cuaderno y se resguardó bajó las sábanas- estas sí, limpias y con agradable olor a suavizante sintético-, con el pensamiento de reflexionar a oscuras el contenido de su naciente obra, rompedora, directa, sensual.

Desde la vez que Sierva había bautizado su texto inmaturo «Coito», tal y como hiciera su madre en la parroquia del barrio y tal y como no hiciera su padre, pues vaya vergüenza y qué pocas vistas, que le van a amargar en el cole, con motes hirientes como mi esclavita, la chacha o lo que sea, que los críos tienen un café amargo, amargo, habían pasado varios años, pues a Sierva no solo le había decaído el ánimo por el cuadernito, sino que había sufrido varios desencantos. Paula, la mejor amiga de Sierva, de esas de toda la vida, le había dicho que sus malas experiencias formaban parte del aprendizaje vital de cualquier persona, que era normal, que todo el mundo se desilusiona, porque todos vamos a nuestros propios intereses, caiga quien caiga. Eso a Sierva no le agradó, porque continuaba creyendo que las circunstancias determinan a la persona, como su nombre, que se le había incrustado en la piel como a un cerdo el metal incandescente, porque su nombre le motivaba a emplearse a fondo con los demás en una locura ingenua, instintiva, genésica. Esto no lo comprendía Paula, ya que, cuando su amiga rezumaba literatura por los cuatro costados, se abstraía. Lo que sí le aconsejó, después de su perorata, fue que escribiera en aquel cuaderno una especie de diario, para, de este modo, desahogarse y releer, con más distanciamiento, sus padecimientos. Así que, de esta manera, Sierva, de nuevo, revolvió los cajones de su armario con el propósito de agarrarse a un clavo ardiendo, ya que la imagen del animal marcado le había evocado esta otra. Una vez lo hubo encontrado, lo observó asustada, como si abrirlo supusiera entrar en un mundo perteneciente a un pasado lejano, idealista, idealizador, idealizado. Inspirando profundamente, levantó la portada y se dio de bruces (o como se diga cuando te chocas con algo bruscamente) con el primer texto, sin título, el de las diez palabras fortuitas, y, aunque no lo estimaba en extremo, le resultó melancólicamente encantador. Luego, en la hoja siguiente, leyó «Coito» y se fijó en los tachones que cubrían casi toda la cara de la hoja. Se sonrió tristemente, ya que pensó que su vida hasta entonces se había asemejado a ese primer coito, escasamente placentero, con un regusto a tocino rancio y concienzudamente desdeñado. Y es que Sierva había atravesado la línea frágil que separa el deseo de la frustración. Y se decía a sí misma que la ironía del destino le había entregado su existencia en un cuaderno con un origen marchito, escaso en sucesos, parco en metas conseguidas, pobremente adornado con palabras, muy alejado del amor y próximo a los otros demonios.

NOTA DE LA AUTORA:

– La fotografía fue tomada el 27 de agosto de 2015 con una Nikon 3200 D y ha sido procesada con el programa ACD See Pro 6.

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