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Mis relatos ficticios: historias de personajes casi siempre perdidos en el mundo que les ha tocado vivir.

La ferretería

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En la puerta del antiguo comercio, se sentó un chiquillo con su balón de fútbol. Pedro, desde el balcón de enfrente, observaba las paredes despintadas y agrietadas de la ferretería del difunto Manolo. Recordaba cuando él, a esa misma edad, entraba cada tarde para preguntar lo mismo:

—¿Te sobra alguna caja de diez por diez?

Y Manolo le contestaba unas veces afirmando y otras negando. En realidad, a Pedro le gustaba el olor que desprendían los metales y la sonrisa afable de aquel hombre.

Con los años, Pedro dejó de pedirle cajas para sus cromos de jugadores de fútbol, sus canicas, sus recortables de armamento… A veces se lo encontraba por el barrio, bastante alicaído, con la cabeza agachada, pero con idéntica sonrisa.

Ya, adolescente, un día que su madre conversaba con la vecina mientras tendía la ropa en el patio de luces, se enteró de que el viejo había fallecido. Mudo, salió de su casa, conteniendo las lágrimas y portando varias de las cajas repletas de sus juegos de infancia. Cruzó la calle y se sentó a la puerta de la ferretería, que golpeó a sabiendas de que nadie le abriría; luego, en voz queda susurró:

—¿Te sobra alguna caja de diez por diez?

NOTAS DE LA AUTORA:

– Escribí este relato en Zamora, el 22 de febrero de 2009. Ya ha sido publicado en otras ocasiones, pero siempre es un buen momento para recordar.

– La fotografía fue tomada en Cuenca el 3 de agosto de 2014 y la he procesado posteriormente.


La ferretería –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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Bailarina. Él, Aquella, Otro y Pequeño

Él se estaba preguntando qué ocurría porque a su alrededor solamente se encontraba la angustia. Jadeaba paciente sin otra preocupación que la de jadear. ¿Qué sucede? Seguro que se cuestionaba el motivo del revuelo. Se miró una mano que imaginó con un juguete de cartón, de esos con pasado caro; se miró la otra, la derecha, y vio un cigarro, de esos que había abandonado. No sabía que eran dientes de león a capricho del viento.

Él procuró incorporarse al mismo tiempo que una bailarina plateada giraba en su cabeza; una pálida bailarina de cabellos de agua que salpicaban sin terminar de mojarle completamente. Aquella se levantó del suelo, le acarició la mejilla y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Se le acercó Otro. ¿Qué pasa? Otro le contestó observándole, le acarició la otra mejilla y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel que aterrizó en la cama; de repente, se paró y abrió una boca blanca, torció la cabeza y dibujó una mueca en los labios que no expresaba nada; anduvo unos pasos y colocó su cara rozando la de Él; despegó el rostro y regresó a sus correrías.

Bailarina (Baltasar Lobo)

La Bailarina ahora danzaba lentamente como si un fuerte peso la aplastara, mientras Él suspiraba.

Aquella se levantó del suelo y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Otro se acercó y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel arrugado en la mano, que no pudo aterrizar en la cama; de repente se paró, torció su cabeza y regresó a sus correrías.

La Bailarina gris cayó desmayada.

Aquella, Otro y Pequeño salieron del cuarto. Cerraron la puerta. Aquella se había arrodillado, Otro se sentó en una silla frente a Pequeño, que jugaba con un avión recientemente estrenado alrededor de ellos a la par que se preguntaba: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido?


NOTAS DE LA AUTORA:

—Este relato forma parte de la Antología desesperada, un conjunto de textos en prosa y en poesía en los que experimenté diversas tendencias literarias. Mi hermana realizó la edición de manera artesanal.

—La fotografía de Bailarina fue tomada el 27 de agosto de 2009 en Zamora en el Museo de Baltasar Lobo.


Bailarina (Él, Aquella, Otro y Pequeño) –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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