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Aguijones relacionados con el arte de componer, a medio camino entre el ensayo y la intuición.

El pasado de unos personajes

La autora escribiendo el artículo.

Escribiendo el artículo.

Los pensamientos pueden llegar a ser demonios. Algunos de ellos nos acompañan durante tanto tiempo que forman parte espectral de la personalidad. Los respiramos, los comemos, pocas veces los digerimos.

Hoy me desperté pensando en las manos de mi abuela, aquellas que sobre la cama dejaba caer por el peso de la ancianidad. Sus manos, entonces y ahora, me recuerdan a las mías, aunque fueran totalmente diferentes. Cuando aún cosía, yo, una niña, me imaginaba que el hilo escribía historias en las telas. Quizás por este motivo crea que poseían ciertas similitudes.

Cuando compongo historias, siento que dibujo el pasado de unos personajes. Ideo un mundo a mi medida en el que existe la libertad que en esos instantes sueño. Trazo mis fantasmas y con ese hilo les proporciono ligereza, tal vez la misma con la que mi abuela pespunteaba sus demonios.

Escribir para mí no es una profesión, ni siquiera una vocación. Es una manera de estar en el mundo.
Ana María Matute

NOTAS DE LA AUTORA:
– La fotografía ha sido tomada y procesada el 2 de agosto de 2014.


El pasado de unos personajes –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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El tejido de la narración oral

20090705_0461_ copiarecortadaLas palabras tejen las sendas que la longitud de la madeja les permite y encuentran en la voz la perfecta compañera para persuadir a nuestra imaginación de que su naturaleza primigenia reside en la fabulación de otros mundos. No solo en el origen fue el verbo sino que su médula permanece intacta en el cerebro. Quizás, precisamente por eso, la historia nos vincula con lo que somos realmente: palabra. Al menos, este es mi caso.

El pasado martes disfrutamos de los sueños que Pep Bruno trazó a través del tejido de la narración oral. Fueron sueños en los que los personajes no tomaban cuerpo, sino que existían en carne a través de la acústica de los vocablos. Entonces sentí, como en otras bellas ocasiones, que yo no era más que el cauce por el que discurría el torrente de los sucesos y que ellos, los personajes, me superaban en materia.

Ese es el desdoblamiento que amo y se alimenta: la palabra y el espectro. La palpectro. Pues ambos, desde su inicio hasta su fin, justifican su existencia en el nacimiento del otro, del ajeno, pero semejante. Y esa dualidad crece en mi interior con la necesidad aguda de proyectarse y de contenerse.

Mi teoría de la escritura encontraría su explicación si atrapara en mis historias la cara y la cruz de las que están hechos los sueños palpables, de tinta o de oralidad. Como dice Paul Auster:

Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas.

NOTAS DE LA AUTORA:
– La fotografía fue tomada en Zamora el 5 de julio de 2009.


El tejido de la narración oral –
(c) –
Olivia Vicente Sánchez

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