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Análisis de obras de arte, en general, aunque especialmente literarias.

Un poeta no puede decir nada de la Poesía


“Yo tengo el fuego en mis manos. Yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente, pero no puedo hablar de él sin literatura”.

Esto le dijo Federico García Lorca a Gerardo Diego para su Poesía española contemporánea (1932, 1934). Con estas palabras simples y, a la vez, llenas de complejidad, resumía su concepción de la Poesía, centauro de trabajo e inspiración que impregnó toda su obra.

Lorca era un animal lírico. La fuerza de sus versos colmó de belleza cada una de las páginas que redactó ya desde Impresiones y paisajes. Fue ser en tanto que fue poesía, por lo que no debe extrañarnos que plasmara el dolor de existir en sus obras:

Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.

Sonetos del amor oscuro, 1936

Esa carnalidad fue su magia: amor y muerte, libertad y frustración, individuo y sociedad. El hilo que los unió se denomina fatum, que, sordo, sigiloso y sibilino, preocupó al poeta de tal modo que él mismo fue vidente de su destino trágico:

“Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes”.

Bodas de sangre, 1933

La única manera que encontró para escapar de lo inexorable y refugiarse en el sosiego residió en la muerte. Su amigo, Luis Cernuda, consciente de esto, así lo expresó en la elegía que le escribió, publicada en La Realidad y el Deseo (1940): 

Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.

El poema de Cernuda continúa explicando hoy en día la esencia de la poética lorquiana y, por ende, de la de cualquier creador: el poema encarna al poeta, da cauce a su expresión y alivio a su tormento.

Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la Poesía. 

NOTAS DE LA AUTORA:
– La fotografía pertenece a es.wikipedia.org.
– Las palabras que cierran esta entrada forman parte de la definición de Poesía que dio de viva voz Federico García Lorca a Gerardo Diego.


Un poeta no puede decir nada de la Poesía
(c)
Olivia Vicente Sánchez

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Murakami: Kafka en la orilla

El primer libro de Haruki Murakami que leí fue 1Q84. De eso hace, curiosamente, casi un año, como demuestra la fecha que anoté en el libro. Tiempo después, en las pasadas Navidades, le dediqué mi atención a Kafka en la orilla. Necesité aproximadamente diez meses para asumir otra vorágine de emociones: cambié las dos lunas de Tengo y Aomame por la huída de Kakfa Tamura y la búsqueda de Nakata.

Kafka en la orilla es una novela que me ha impactado enormemente. Durante su lectura fui consciente de que mi relación con el universo literario estaba cambiando con rapidez, pero no asimilé las repercusiones hasta unos días después. Ese momento llegó cuando retomé la escritura de un relato que había postergado hasta después de las vacaciones. Me sucede que, para escribir, necesito la soledad, el ritmo del silencio y una ventana por la que mirar el exterior. Esa tarde, como ahora, me comprometí con una nueva línea narrativa en la que sentía que resonaban citas como estas:

“Cada día, al llegar la hora, anochece. Pero el mundo ya no es el mismo que el día anterior. Tú, no eres el mismo que ayer”.

“La Tierra va rotando sobre su eje. Y, sin ninguna relación con ello, todos nosotros vivimos dentro de un sueño”.

“Cerrar los ojos … no va a cambiar nada. Nada va a desaparecer simplemente por no ver lo que está pasando. De hecho, las cosas serán aún peor la próxima vez que los abras. Sólo un cobarde cierra los ojos. Cerrar los ojos y taparse los oídos no va a hacer que el tiempo se detenga”.

“Un recuerdo es algo que te caldea el cuerpo por dentro, pero que, al mismo tiempo, te desgarra por dentro con violencia”.

Nakata

Sin embargo, creo que lo que más me llamó la atención fue la forma en la que el autor construyó la trama. La alternancia entre las acciones de Kafka y las de Nakata gozan de un doble atractivo: por un lado, el lector disfruta de los mundos paralelos y simultáneos; por otro, el aspirante a escritor comprende que el juego con la linealidad temporal posee una fuerza determinante a la hora de armonizar realidad, magia y verosimilitud.

Al margen de teorías racionales, se me antoja pensar que el equilibrio perfecto de la obra reside en la música. La presencia constante de este elemento, a través de la mención de obras y compositores, otorga ritmo a la lectura y abre la interpretación a la intertextualidad y a la extratextualidad.

Kafka en la orilla, por tanto, es una novela en la que el lector debe ser permeable a la unión de tradiciones literarias y artísticas y, además, debe asumir el riesgo de conmoverse. ¿Estarías dispuesto a ambas cosas?

 NOTAS DE LA AUTORA:

– La fotografía del dibujo no es mía, sino que la he sacado de la página web a la que va enlazada la imagen.


Murakami Kafka en la orilla
(c)
Olivia Vicente Sánchez

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