• Es tener el alma… Antología desesperada

    El Cantábrico en la playa del Tagle.

    Es tener el alma, la cabeza azul. Donde la lógica se desmorona, donde nace la duda bajo el sol…

    El calor. El alma azulada se niega a evitar el cálido sosiego que mantienen los rojos latidos. Sin embargo, la frialdad congela, acelera la brisa.

    Donde el temor es destructivo… Se mueve despacio, semejante a las agujas de un reloj; desplazamiento torpe, pero seguro. Desplazamiento que dibuja, transparente, un vicio. Ese vicio de tormenta que se adueña del alma, de la cabeza; ese vicio azul que huye ahora del contacto cálido del latir.

    Es tener dos mitades que odiarán el momento de juntarse. El instante en que el frío y el ardor será vacío.


    NOTAS DE LA AUTORA:

    – Escribí este poema en prosa en 1994. En ella me influyó la lectura de la obra de Rubén Darío. Posteriormente, reuní esta composición con otras bajo el nombre de Antología desesperada, editado por mi hermana de manera artesanal.

    – La fotografía fue tomada el 10 de julio de 2005 en la Playa de Tagle (Suances-Cantabria) con una Canon PowerShot G3.

    Es tener el alma… –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

    Publicado por:
  • Todos queremos ser un poco Cervantes

    La relevancia de Miguel de Cervantes en la literatura española y universal ha provocado que muchas localidades quieran apropiarse de su persona o de las referencias en su obra. Incluso hay pueblos que aseguran que don Quijote y Sancho pasaron por sus tierras, aunque se ubiquen alejados de las rutas que realizaron los dos famosos personajes por la Península Ibérica. En Esquivias (Toledo) se sitúa la Casa-Museo Cervantes, parada obligatoria para los amantes de la lectura y, en concreto, de la cervantina.

    La Casa Cervantes es un típica vivienda del siglo XVI en la que no faltan el patio, el corral y la bodega. Perteneció al hidalgo Alonso Quijada Salazar, un rico terrateniente amante de la lectura en que se inspiró Miguel de Cervantes para el personaje de don Quijote. Cervantes conoció la afición desmedida por los libros de este señor a partir de una visita a Juana Gaitán, la viuda de un amigo suyo. Fue entonces cuando conoció a Catalina de Palacios, pariente de Alonso Quijada, con la que se casaría posteriormente.

    2014-02-28 10.48.37_copiaEl museo muestra documentos que atestiguan la relación de Cervantes y del Quijote con Esquivias. Se puede ver la ventana que supuestamente inspiró a Cervantes la quema de libros de la primera parte de su obra maestra, leer la partida de matrimonio entre Cervantes y Catalina o conocer las particularidades de una casa renacentista. Sin embargo, hay un ingrediente que posee un atractivo extra: las cuevas. El suelo de Esquivias está horadado por unas galerías de hasta cuatro kilómetros de extensión. Parece que su origen fue defensivo. Posteriormente fueron empleadas como frigoríficos naturales donde se guardaban el vino, los productos de la matanza o los champiñones que se criaban allí.

    Todos queremos que Cervantes sea un poco nuestro. Los escritores lo admiramos por su maestría. Los aventureros por su valentía. Es la conjunción perfecta entre las letras y las armas. Ese aroma es el que se desprende de las paredes de la Casa-Museo de Cervantes: la realidad y la imaginación conviven en las diferentes habitaciones y se mezclan a través de la figura del escritor. Caminar por las mismas estancias por las que estuvo componiendo don Miguel enlaza nuestro presente con su pasado. Esa es la magia de la literatura.

    NOTAS DE LA AUTORA:

    —La fotografía, tomada el 4 de marzo de 2014, pertenece al interior de la Casa-Museo Cervantes (Esquivias-Toledo).


    Todos queremos ser un poco Cervantes –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez
    Publicado por:
  • Rubén Darío: el genio de la modernidad

    Mía

    Mía: así te llamas.
    ¿Qué más a
    rmonía?

    Mía: luz del día;
    mía: rosas, llamas.

    ¡Qué aroma derramas
    en el alma mía
    si sé que me amas!
    ¡Oh Mía! ¡Oh Mía!

    Tu sexo fundiste
    con mi sexo fuerte,
    fundiendo dos bronces.

    Yo triste, tú triste…
    ¿No has de ser entonces
    mía hasta la muerte?

    De Rubén Darío casi se ha dicho todo y lo que yo pueda aportar no deja de ser la experiencia particular de su lectura. Sin embargo, Darío es uno de los poetas que nunca me he cansado de releer, pues, en cada acercamiento a sus composiciones he sentido, por una parte, lo mismo que la primera vez y, por otra, la renovación de mis pensamientos.

    La poesía del nicaragüense está llena de olores, cromatismo, sensualidad, sugerencias, homenajes, cosmopolitismo, fusión. Tiene la vitalidad del goce erótico y la profundidad de las heridas del existencialismo. Personajes de diferentes mitologías y tradiciones conviven en los versos, cuya musicalidad nos recuerda que la modernidad tiene raíces en el cierre del siglo XIX.

    El libro Rubén Darío: Antología reúne poemas de Azul…, Prosas profanas y Cantos de vida y de esperanza. La edición de Carmen Ruiz Barrionuevo es muy completa y se divide en partes:

    – “El caracol y la sirena”: Octavio Paz habla acerca del Modernismo y de la figura de Rubén Darío. Este ensayo explica las claves del movimiento cultural y aporta una visión sintética del contexto en el que surge el arte nuevo.

    – La introducción de Ruiz Barrionuevo: analiza las etapas por las que transcurre la poesía de este autor.

    – Selección de poemas: cada una de las composiciones aparece comentada.

    – Apéndice: al final del libro se encuentran los textos complementarios, los cuadros cronológicos y actividades que se pueden realizar. 

    Los estudios, las anotaciones, la bibliografía y el material académico sirven para facilitar la interpretación de los poemas. No obstante, el lector que se aproxime a Rubén Darío debe dejarse arrastrar por la prosodia, los símbolos, la sinestesia, los instantes, la atracción… Es la Belleza, el Arte y la Pasión en mayúsculas los que hacen posible la vigencia de estos versos que fueron escritos hace más de un siglo. Esa modernidad que veo yo en ellos es la misma que el poeta contempló en el siglo XVIII:

    Preludio

    Yo soy aquel que ayer no más decía
    el verso azul y la canción profana,
    en cuya noche un ruiseñor había
    que era alondra de luz por la mañana.

    El dueño fui de mi jardín de sueño,
    lleno de rosas y de cisnes vagos;
    el dueño de las tórtolas, el dueño
    de góndolas y liras en los lagos;

    y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
    y muy moderno; audaz, cosmopolita;
    con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
    y una sed de ilusiones infinita. […]

    Quizás en esta etapa del siglo XXI fuera conveniente retomar en el Arte la raíz del Modernismo para crear nuevas sendas por las que dirigir la creatividad y la sensibilidad. 

    NOTAS DE LA AUTORA:
    Rubén Darío: Antología se publicó por Espasa en la Colección Austral (nº. 269). apareció en 1992.


    Rubén Darío: el genio de la modernidad
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

     

    Publicado por:
  • Proyección o error del alcohol

    Ese año, la feria del libro había sido todo un éxito en la localidad gracias, en gran parte, a la potente inversión en publicidad y, sobre todo, a la presencia de una de las autoras cuyo nombre llevaba meses resonando en los medios de comunicación nacionales. Precisamente, durante dos tardes consecutivas, los admiradores y los curiosos podrían hallarla en una caseta de la editorial que la había contratado para dos continuaciones de su bombazo comercial. Como pistoletazo de salida a sus firmas, otro autor, ya en decadencia, la presentó ante los más prestigiosos canales de radio y de televisión así como ante las plumas más destacadas de la prensa. Terminada esa aduladora introducción, Malena agradeció la populosa afluencia de público y solicitó paciencia y orden a la hora de formar la cola para los autógrafos y las dedicatorias.

    Pasaron un par de horas y el sol atormentaba a los pacientes admiradores por la intensidad de sus rayos. Antes de desaparecer a través de una cortina que separaba la cara visible del puesto de otra privada, la escritora anunció un breve descanso de unos veinte minutos. Las caras de los seguidores mostraron cierta contrariedad por lo que el representante de la novelista intentó aquietar la impaciencia de los asistentes con unos marcapáginas de edición limitada.

    Dentro del exiguo e improvisado cuarto, Malena sacó un refresco de la nevera y se apoyó sobre la pared:

    — Esta silla me mata y aún faltan otras dos horas para concluir con la sesión de hoy.

    Mientras pensaba en las incomodidades del puesto, entre las cortinas surgió la cara de Luis, quien le apresuró a que se reincorporara a la tarea. Ella, sin embargo, forzó una sonrisa y le recordó el descanso pactado. El movimiento de las telas la transportó a un episodio de su vida del que había reflejado en un relato, de manera tímida, aquellos detalles susceptibles de despertar morbosidad. Publicado en el suplemento estival de un periódico, el relato apenas habría pasado desapercibido si no fuera porque ella había recibido una llamada telefónica de alguien cuya voz no escuchaba en años. Esa voz y esas cortinas en suave agitación paralizaron su tiempo interno hasta que Luis la llamó desde el exterior, desde el mostrador de esa caseta que ya empezaba a detestar.

    Tantos nombres, tantas dedicatorias, tantos falsos deseos convirtieron las horas en un interminable papel hipócrita que Malena desempeñó con soltura. El reloj marcó el final de su rol y el regreso a su existencia real, esa que añoraba en el mismo grado en que crecía su compromiso económico con la editorial. De este modo, con un hasta mañana, se puso las gafas de sol y el sombrero y se dirigió lentamente hacia la salida del parque.

    Durante el recorrido, miraba con envidia a las personas que charlaban echadas en el prado, pues ellas gozaban de un anonimato que había perdido en el momento en que cambió su ambición literaria por otra más mundana. Esta reflexión le amargó el placer de las masas y la instó a compartir la sensualidad del que sabe que es desconocido para los demás. Vio, apartado del estanque, un banco y decidió descansar releyendo algunos relatos de Borges. Al abrir el libro se le cayó el marcapáginas al suelo por lo que perdió la guía que le indicaba la página en la que había de continuar leyendo. Recogió la cartulina y pasó rápidamente las páginas para encontrar la que correspondía. De repente se fijó en unas palabras que había olvidado y que, curiosamente, le habían servido para el título de aquella historia: “Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con la que se produjo”[1]. Esas palabras habían construido una narración en la que ella había separado con dificultad los sucesos reales de aquellos que a la imaginación se le había antojado incorporar. Esas mismas palabras, cómplices de su sugestión, trazaron una habitación de un hotel parisino donde la noche, atenuada por los cristales desprovistos de cortinas, había penetrado en sus cuerpos entrelazados, cubiertos de la sed que otorga el placer satisfecho. Esa misma noche supuso el final de un relato que se había iniciado por la tarde ante un escaparate del Bulevar de Clichy.

    Ante el escaparate del negocio, Malena estuvo pensando de nuevo en la lectura que había realizado a ratos en voz alta, a ratos en voz baja, durante el desplazamiento en metro. Como si las palabras se deslizaran en un susurro apenas inaudible dijo:

    — ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de amor?

    Diego sonrió y se acercó a ella. Sabía que mostraba debilidad por meditar entre dientes.

    — A ver, Male, ¿ahora qué tramas…?

    Diego la abrazó desde atrás. Entonces ella se giró suavemente y le resumió parte de las sugerencias que le había provocado el breve ensayo sobre el amor de aquel autor argentino. El chico, por toda contestación a esa sencilla perorata, la besó acompañando a la delicadeza de su lengua la suavidad de sus manos. Gozando del cosquilleo en los labios, Malena se separó unos pocos centímetros para preguntarle si se atrevía a entrar.

    El interior del local exhibía el colorido y la osadía que la parte acristalada tan sólo evocaba débilmente. Los objetos dedicados al placer se distribuían en estanterías y percheros variados. Malena se puso a jugar con la lencería.

    — Esto, querida, es de lo que hablo cuando hablo de amor—bromeaba Diego mientras blandía un instrumento fálico.

    Aparte de la zona a pie de calle, la tienda disponía de otras dos zonas diferenciadas. Junto a la puerta principal, nada más entrar, a mano derecha, unas cortinas negras y un par de escalones servían de acceso a unas cabinas. Entre los cortinajes, una mujer, sentada en un taburete, vigilaba las miradas de los curiosos a la vez que se limaba las uñas. Su rostro huraño se oponía al de su compañera, una mujer mayor cuyo cuello delataba su edad. Esta mujer se acercaba a los clientes y les ofrecía su ayuda o los guiaba hacia la planta baja, dedicada casi exclusivamente a objetos de bondage, sadomasoquismo y lencería refinada.

    Diego y Malena descendieron al sótano. Ella se ruborizaba con el contacto de las cuerdas y los dibujos explicativos de algunas cajas de embalaje. Él disfrutaba de ver sus mejillas coloradas, pues acentuaban la sensualidad de su mirada.

    Después de analizar con curiosidad los aparatos, tomaron las escaleras de subida. En ellas se cruzaron con la vendedora:

    — Buenas noches, ¿puedo ayudaros? Me llamo Candice.

    Los dos se quedaron paralizados y se sonrieron mutuamente.

    — Bueno…, no sé, mirábamos nada más- se atrevió a contestar Malena.

    — De acuerdo. ¿Os ha gustado algo? ¿Queréis que os explique algo?— insistió—. ¿O quizás buscáis algo más?

    — ¿Algo más?- repitió Diego.

    — Sí, algo más. Algo más privado. Algo para experimentar— guiñó a Malena—. Os dejo pensarlo mientras voy al almacén.

    Cuando Candice retornó del almacén, los dos jóvenes, vacilantes por la insinuación, permanecían en la mitad de la escalera. El chico pidió a la vendedora que concretara la proposición, ya que no acababan de entender su alcance.

    — Todo es cuestión de vuestros límites y, claro está, de vuestro dinero.

    Diego observaba a Malena buscando, tal vez, un atisbo de incomodidad o, con seguridad, un atisbo de deseo. La agarró de una mano:

    — Gracias, pero sólo mirábamos.

    — Espera, Diego…- lo interrumpió-. ¿De cuánto dinero hablamos?

    La pregunta de Malena sorprendió al chico. En muchas ocasiones habían tonteado con la posibilidad de representar juegos de lo prohibido como dos chiquillos que trepan a árboles de una propiedad privada; pero nunca habían charlado en serio sobre ese tema.

    — Por sesenta, uno íntegro.

    — Sesenta es mucho. ¿No ve que somos pobres?— rieron los dos.

    — Bueno, veamos…— Candice se hizo la interesante—. ¿Qué tal cuarenta? No puedo bajar más el precio. A mí compañera no le gustaría; podría crearle problemas con sus clientes de cabina.

    Malena, por toda contestación, hizo ademán de adelantar el dinero, pero la mujer le explicó que la norma tácita consistía en pagar una vez finalizado el servicio.

    — Esperad aquí. Vengo enseguida.

    Cinco minutos después se encontraban los tres en un cuarto iluminado pobremente. En el fondo, frente a la puerta, un camastro hacía las veces de sofá improvisado. Delante de este, una butaca funcionaría como escenario de la mujer, quien, antes de comenzar a desnudarse, descorchó una botella e invitó a sus espectadores a sentarse y a relajarse tomando vino. Diego acarició las manos de Malena para suavizar una posible tensión que ella, en realidad, ni siquiera presintió.

    Con cada palabra, Candice fue despojándose de su ropa. A pesar de que ambos hablaban fluidamente el francés, en ocasiones le pedían entre risas que aclarase algunos términos sexuales que empleaba. En una de esas veces, la mujer se acercó a Malena, le quitó la copa de vino y le acarició el rostro:

    — Eres muy hermosa.

    Malena escondió su pudor en la oscuridad de la habitación y se dejó guiar por Candice al asiento sobre el que ella había apoyado sus piernas desnudas con el propósito de mostrar su completa desnudez. La joven, sin quitar los ojos de encima a Diego, permitió que la mujer le rozase el cuerpo con su piel. Entonces, ya desprovista de vergüenza, Malena se incorporó y se acercó a Diego. Con un susurro ordenó a la mujer que tomara asiento y se limitase a mirar. Las caricias, los besos, la sensación de que esa libertad, prohibida en cualquier otro lugar del mundo, allí era posible, llenaban la botella que sus bocas vaciaban.

    De esa noche transcurrida entre las bambalinas de ese improvisado teatrillo del Bulevar de Clichy y las sábanas de un hotel céntrico de París, a Malena únicamente le quedó el recuerdo en el que el Sena, el barrio de Montmartre, la Torre Eiffel y el sudor del amor se proyectaban en un espejo de vapores ebrios, ya lejanos desde el banco del Retiro madrileño.

    NOTAS DE LA AUTORA:

    —Este relato ha aparecido publicado anteriormente en las revistas Destiempos y Cavea.

    —La fotografía fue tomada en París (Francia) en febrero de 2010.


    Proyección o error del alcohol –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

    [1] Cita literal sacada del relato “El muerto” de Jorge Luis Borges (publicado en El Aleph).

    Publicado por: