• Manolita, una heroína cotidiana

    El pasado 11 de junio asistimos en la Biblioteca del barrio de Santa María de Benquerencia (Toledo) a la presentación del último libro de Almudena Grandes, Las tres bodas de Manolita, con el cual continúa el proyecto galdosiano que iniciara con Inés y la alegría y al que ha denominado Episodios de una guerra interminable.

    2014-06-11 19.04.37_copiaEn esta obra Almudena entrega su voz narrativa a los héroes y heroínas anónimos de la posguerra: “Para estas personas, existir cada día supone una victoria”. Se trata de la historia de la resistencia, no de la derrota, y en ella Manolita aprenderá no solo a subsistir,sino a ser feliz, ya que, en medio de la miseria, la represión, el hambre y la injusticia, necesitará aferrarse a la vida como una forma de supervivencia. En este sentido, Grandes recalcó que le apetecía hablar de los ciudadanos y las ciudadanas que se hallan en segundo plano, aquellas personas cuyos nombres no han pasado a formar parte de la Historia, pero que, sin embargo, constituyen el discreto motor de los cambios.

    Tras la presentación de la novela, la escritora contestó las preguntas del público de manera jovial, amena y comprometida. Los temas, vinculados con los recientes acontecimientos políticos y sociales, le sirvieron para recordar el papel fundamental del pasado en nuestros días. Finalmente, realizó la tradicional firma de libros.

    Cuando hubo terminado el encuentro, yo salí de la Biblioteca con la sensación de presenciar el transcurso de la Historia, de descubrirme en medio de ella, y con la certeza de que la Literatura, una vez más, hace posible la magia de entender un poquito mejor el mundo que nos rodea, puesto que, en palabras de Benito Pérez Galdós, “La historia está en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno”.

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – La fotografía fue tomada en la Biblioteca del barrio de Santa María de Benquerencia (Toledo), el 11 de junio de 2014.
    – Artículo publicado también en Vecinos de Benquerencia, nº. 281.


    Manolita, una heroína cotidiana
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

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  • La perspectiva extravagante de El Greco

    Alguien dijo una vez (o quizás todos lo hemos dicho en determinada ocasión) que el ser humano tiene siempre la necesidad de contar historias y de escucharlas. Tal vez este anhelo responda al deseo de prolongar nuestra vida. Así, de este modo, protagonizamos las experiencias de otras personas mediante la alteridad que nos proporcionan distintos escenarios.

    2014-05-26 18.34.21_copiaCuando llegué a Toledo, hace aproximadamente doce años, se grabaron en mi memoria las imágenes de sus calles, de su río en herradura, de sus riscos. Sin embargo, no fueron estos detalles los que acentuaron su belleza sino la presencia latente y silenciosa de las vidas pasadas. Toledo no es una ciudad de leyendas por las numerosas páginas literarias y tradicionales que se han contado; más bien es una ciudad de leyenda por la sugerencia, ya que, cada grieta, cada esquina, cada callejón hablan por sí solos de forma que el lector únicamente tiene que dejarse llevar por su dulce susurro. Me gusta imaginarme que esta fue la misma sensación que percibieron Garcilaso de la Vega, Gustavo Adolfo Bécquer o Pío Baroja.

    El Museo de Santa Cruz es para mí un ejemplo: su piel refleja el paso de los siglos. Antes hospital y hoy museo, su contemplación desde la calle ofrece diferentes encuadres, según se observe desde mayor o menor altura. A lo mejor este multiperspectivismo fue el responsable de que la calle fuera bautizada con el nombre de Miguel de Cervantes, quien, además, en forma de estatua, dirige al vacío sus ojos y su imaginación.

    2014-05-27 18.23.42_copiaEl pintor Doménikos Theotokópoulos relató el paisaje urbano de la ciudad. Sus historias no usaron palabras sino los trazos de los pinceles. En sus cuadros se me antoja que Toledo parece aún más de leyenda, bajo un cielo de tormenta y una perspectiva caprichosa, extravagante. Por eso, visitar la exposición que el Museo de Santa Cruz atesora supone, por un lado, admirar Toledo desde Toledo mismo y, por otro, proyectar la propia imagen que poseo de la ciudad en los lienzos para que esta, de nuevo, regrese a mí con renovada fuerza.

    Desde ayer, esta localidad no me parece la misma. La luz, la serenidad, el trazo valiente de El Greco dibujan los contornos de esta ciudad de leyenda en la que, cámara en mano, sueño que camino. 

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – Las fotografías fueron tomadas en Toledo, el 26 y 27 de mayo respectivamente. La primera es una instantánea del Museo de Santa Cruz; en la segunda la entrada de la exposición se utiliza como marcapáginas de una edición de Don Quijote de la Mancha.


    La perspectiva extravagante de El Greco
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

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  • Bailarina. Él, Aquella, Otro y Pequeño

    Él se estaba preguntando qué ocurría porque a su alrededor solamente se encontraba la angustia. Jadeaba paciente sin otra preocupación que la de jadear. ¿Qué sucede? Seguro que se cuestionaba el motivo del revuelo. Se miró una mano que imaginó con un juguete de cartón, de esos con pasado caro; se miró la otra, la derecha, y vio un cigarro, de esos que había abandonado. No sabía que eran dientes de león a capricho del viento.

    Él procuró incorporarse al mismo tiempo que una bailarina plateada giraba en su cabeza; una pálida bailarina de cabellos de agua que salpicaban sin terminar de mojarle completamente. Aquella se levantó del suelo, le acarició la mejilla y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Se le acercó Otro. ¿Qué pasa? Otro le contestó observándole, le acarició la otra mejilla y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel que aterrizó en la cama; de repente, se paró y abrió una boca blanca, torció la cabeza y dibujó una mueca en los labios que no expresaba nada; anduvo unos pasos y colocó su cara rozando la de Él; despegó el rostro y regresó a sus correrías.

    Bailarina (Baltasar Lobo)

    La Bailarina ahora danzaba lentamente como si un fuerte peso la aplastara, mientras Él suspiraba.

    Aquella se levantó del suelo y, con mirada distante, se arrodilló de nuevo. Otro se acercó y, con sonrisa burlona, se sentó frente a Él. Pequeño corría por la habitación con un avión de papel arrugado en la mano, que no pudo aterrizar en la cama; de repente se paró, torció su cabeza y regresó a sus correrías.

    La Bailarina gris cayó desmayada.

    Aquella, Otro y Pequeño salieron del cuarto. Cerraron la puerta. Aquella se había arrodillado, Otro se sentó en una silla frente a Pequeño, que jugaba con un avión recientemente estrenado alrededor de ellos a la par que se preguntaba: ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha ocurrido?


    NOTAS DE LA AUTORA:

    —Este relato forma parte de la Antología desesperada, un conjunto de textos en prosa y en poesía en los que experimenté diversas tendencias literarias. Mi hermana realizó la edición de manera artesanal.

    —La fotografía de Bailarina fue tomada el 27 de agosto de 2009 en Zamora en el Museo de Baltasar Lobo.


    Bailarina (Él, Aquella, Otro y Pequeño) –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

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