Olivia Vicente » 07/01/2016

Archivos diarios: 07/01/2016

El bloqueo en la escritura

Estoy realizando un curso de novela; con él, entre otras cosas, pretendo romper con el bloqueo en la escritura. Por ahora, en los inicios, me siento cómoda y, además, por otro lado, el horizonte se va expandiendo y vuelvo a escribir en mi cuaderno de cuartillas. Tras la búsqueda puede hallarse un camino a seguir.

He hablado en otras ocasiones de lo que supone pasar de la mente al papel y el esfuerzo doloroso que provoca más de una vez. A lo largo de este año, o quizás más —no quiero ni pensarlo—, he sentido cómo una punzada se clavaba en mi corazón ante la oxidación de mi cerebro. La enfermedad de la escritura es un aleteo que invade a la persona desde la cabeza hasta los últimos milímetros de su cuerpo y su origen se justifica de varias maneras. No tengo ni idea de cuándo comencé a sentir la necesidad de coger una hoja y de escribir en ella los pensamientos que me asediaban, atemorizaban, entristecían… ¿Por qué la escritura ha sido sinónimo de soledad en momentos en los que parecía que era la salida a mis callejones particulares? Aún no lo sé. Aún pienso que no ha sido nunca una opción, sino una forma de vivir. Sin embargo, es mejor padecer a que exista solo el vacío.

Cueva en Las Médulas (León).

Detalle de cueva en Las Médulas (Léon).

Para mitigar la ausencia de escribir, en las fiestas navideñas he leído varias obras. Al leer se acalla la obsesión y, por otro lado, me permite soñar con posibles historias. Ayer acabé El ruido y la furia de madrugada, echada en la cama en completa oscuridad, solo con la luz del libro electrónico de atmósfera. De este modo, solo existía el libro, que penetraba directamente en la piel durante el silencio nocturno. Llegué hasta esta lectura porque en un artículo periodístico un escritor, de cuyo nombre no me acuerdo, recomendaba bucear en el mundo de William Faulkner, una tarea pendiente para mí. ¡Hay tantos autores y tan poco es nuestro tiempo en la Tierra! Por eso tomé esta novela y me introduje en el Sur norteamericano. Me fijé, sobre todo, en cómo reflejaba el torrente de conciencia y en cómo conseguía agudizar la tensión con cada una de las cuatro partes. Pero para llegar hasta aquí, anduve anteriormente otro paso.

No solo leer puede ser una forma de controlar la ansiedad por el bloqueo. En el curso proponen recetas tan sencillas como organizar un horario y respetarlo pase lo que pase, aunque se tenga la mente en blanco. Al principio pensé que se trataba de una medida absurda: ¿cómo voy a tener un horario para escribir si no logro escribir? No obstante, resolví la tarea siguiendo las instrucciones. Soy buena alumna: hago siempre lo que mandan los profesores. Y, para mi sorpresa, funcionó. No cuestiono si se me ocurre algo o no para mi hoja en blanco; únicamente, comienzo a garabatear las ideas que rondan por mi mente, tales como la falta de concentración, la quiebra de algún argumento pendiente, etc. Después de un rato de lamentaciones, el cual voy acortando, continúo con el hilo que había dejado: Ariadna, la de dulces dedos, me indica dónde se encontraba un personaje en líneas anteriores y yo sigo su madeja, temerosa, pero más feliz y tranquila.

Al laberinto de cada jornada de escritura ha contribuido además leer una de las lecturas recomendadas por el curso: El Gozo de Escribir, de Natalie Goldberg. Con este libro, se puede y se debe entender la escritura como una forma de placer. La clave reside en el equilibrio, muy en la línea zen. La autora se muestra cercana, contando sus experiencias, llenas de temores reconocidos por cualquier escritor. El libro es interesante, a pesar del copioso número de erratas y de faltas de ortografía que muestra la edición de La liebre de marzo. Seguro que su lectura podrá resultar útil a otras personas que también sientan vaguedad en sus composiciones.

Yo hoy me siento satisfecha. He burlado a mis miedos y he ahuyentado al bloqueo en la escritura. Mañana será otro día y en él reconoceré a otros demonios. Pero nunca me faltará la convicción de que escribir es un error que adoro cometer, especialmente si durante él escucho la música de un piano, lejano, casi ensordecido, pero cuyas vibraciones me conectan con otros mundos que esperan ser escritos.

NOTAS DE LA AUTORA:

— La fotografía fue tomada en Las Médulas (León), en julio de 2015, con una Nikon D3200.

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