• Los zapatos de Juliana

    A Juliana le han regalado unos zapatos nuevos, charolados, fucsias, con lunares blancos y las suelas de negro brillante. Su padrino se los entregó en una cajita envuelta en papel de fantasía y atada con un lazo plateado. La niña, atónita, mientras admiraba el obsequio, tan sólo llegó a murmurar:

    – ¿Son para mí?

    Acto seguido, con la ayuda de su padrino, se los calzó y observó sus pies. Después levantó la mirada y sonrió enseñando una dentadura irregular e incompleta, propia de un niño de esa edad.

    – Juliana, cariño, esos zapatos- bajó el tono de voz el padrino- son mágicos, ¿sabes?

    – ¿Mágicos?- se sorprendió la niña.

    – Sí, preciosa, mágicos.

    – ¿Y qué hacen?

    – No sé. Eso depende de ti- le guiñó.

    Juliana saltó de repente y corrió hasta el salón, donde se encontraban sus padres viendo la televisión. La niña, profundamente emocionada, les mostró las manoletinas y les anunció el poder oculto de las mismas:

    – Estos zapatos son mágicos y… y me servirán para…- dudaba-, para llegar al lugar que yo quiera.

    – Estupendo- se rió su padrino, que la había seguido hasta el salón-. Es una idea estupenda.

    Juliana se fue a su cuarto de nuevo y se inventó una frase para provocar el encantamiento. Luego miró los zapatitos. ¡Eran tan hermosos!… Estuvo así un buen rato hasta que, sentada al pie del armario, sobre la alfombra, se durmió; mas un beso la despertó: era su padrino, que tenía que marcharse ya a su ciudad. Este contuvo las lágrimas que la niña fue incapaz de retener:

    – Venga, guapa, ya sabes que volveremos a vernos pronto. Las próximas vacaciones están cerca.

    A la par que le decía estas palabras la abrazaba fuertemente.

    – Juliana, cuando vuelva, te traigo otro cuento escrito para ti, ¿quieres?- le susurró al oído.

    La niña asintió con la cabeza. A continuación, los pasos se alejaron de su habitación; escuchó una breve despedida entre sus padres y el padrino y, finalmente, el cierre de la puerta principal.

    Juliana, entristecida, regresó a su lugar favorito, donde instantes antes la había despertado su padrino. Allí pasó la tarde jugando hasta la hora del baño. Después de asearse, cenó. Como estaba cansada, los padres la llevaron al cuarto medio dormida y la acostaron en su camita.

    A media noche, Juliana notó frío en los pies y se acordó de su padrino. Entonces buscó debajo de la cama y encontró los zapatos, se los puso y se fue a su rincón. Allí, tras encender la luz auxiliar de la mesita de noche, se sentó, apoyada la espalda en el guardarropa, y, otra vez, la venció el sueño. Al rato, la despertaron:

    – ¿Qué haces aquí, Juliana? ¿Cómo has logrado llegar? ¿No te dije antes de irme que nos veríamos en las próximas vacaciones?

    – ¡Son los zapatos!- gritó la niña- ¡Los zapatos son mágicos!

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – Escribí este relato en Zamora, el 7 de enero de 2009. Anteriormente ha sido publicado en Mis letras. Mi sueño sería que algún día se convirtiera en un relato publicado en forma de álbum
    – La fotografía fue tomada el 2 de noviembre de 2011 en Barcelona.


    Los zapatos de Juliana
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

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  • El tejido de la narración oral

    20090705_0461_ copiarecortadaLas palabras tejen las sendas que la longitud de la madeja les permite y encuentran en la voz la perfecta compañera para persuadir a nuestra imaginación de que su naturaleza primigenia reside en la fabulación de otros mundos. No solo en el origen fue el verbo sino que su médula permanece intacta en el cerebro. Quizás, precisamente por eso, la historia nos vincula con lo que somos realmente: palabra. Al menos, este es mi caso.

    El pasado martes disfrutamos de los sueños que Pep Bruno trazó a través del tejido de la narración oral. Fueron sueños en los que los personajes no tomaban cuerpo, sino que existían en carne a través de la acústica de los vocablos. Entonces sentí, como en otras bellas ocasiones, que yo no era más que el cauce por el que discurría el torrente de los sucesos y que ellos, los personajes, me superaban en materia.

    Ese es el desdoblamiento que amo y se alimenta: la palabra y el espectro. La palpectro. Pues ambos, desde su inicio hasta su fin, justifican su existencia en el nacimiento del otro, del ajeno, pero semejante. Y esa dualidad crece en mi interior con la necesidad aguda de proyectarse y de contenerse.

    Mi teoría de la escritura encontraría su explicación si atrapara en mis historias la cara y la cruz de las que están hechos los sueños palpables, de tinta o de oralidad. Como dice Paul Auster:

    Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas.

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – La fotografía fue tomada en Zamora el 5 de julio de 2009.


    El tejido de la narración oral –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

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  • Un poeta no puede decir nada de la Poesía


    “Yo tengo el fuego en mis manos. Yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente, pero no puedo hablar de él sin literatura”.

    Esto le dijo Federico García Lorca a Gerardo Diego para su Poesía española contemporánea (1932, 1934). Con estas palabras simples y, a la vez, llenas de complejidad, resumía su concepción de la Poesía, centauro de trabajo e inspiración que impregnó toda su obra.

    Lorca era un animal lírico. La fuerza de sus versos colmó de belleza cada una de las páginas que redactó ya desde Impresiones y paisajes. Fue ser en tanto que fue poesía, por lo que no debe extrañarnos que plasmara el dolor de existir en sus obras:

    Amor de mis entrañas, viva muerte,
    en vano espero tu palabra escrita
    y pienso, con la flor que se marchita,
    que si vivo sin mí quiero perderte.

    Sonetos del amor oscuro, 1936

    Esa carnalidad fue su magia: amor y muerte, libertad y frustración, individuo y sociedad. El hilo que los unió se denomina fatum, que, sordo, sigiloso y sibilino, preocupó al poeta de tal modo que él mismo fue vidente de su destino trágico:

    “Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes”.

    Bodas de sangre, 1933

    La única manera que encontró para escapar de lo inexorable y refugiarse en el sosiego residió en la muerte. Su amigo, Luis Cernuda, consciente de esto, así lo expresó en la elegía que le escribió, publicada en La Realidad y el Deseo (1940): 

    Halle tu gran afán enajenado
    El puro amor de un dios adolescente
    Entre el verdor de las rosas eternas;
    Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
    Tras de tanto dolor y dejamiento,
    Con su propia grandeza nos advierte
    De alguna mente creadora inmensa,
    Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
    Y luego le consuela a través de la muerte.

    El poema de Cernuda continúa explicando hoy en día la esencia de la poética lorquiana y, por ende, de la de cualquier creador: el poema encarna al poeta, da cauce a su expresión y alivio a su tormento.

    Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la Poesía. 

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – La fotografía pertenece a es.wikipedia.org.
    – Las palabras que cierran esta entrada forman parte de la definición de Poesía que dio de viva voz Federico García Lorca a Gerardo Diego.


    Un poeta no puede decir nada de la Poesía
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

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  • El niño que quería escribir un cuento

    Claudio aprendió tempranamente a escribir. Con tan sólo seis años se acostumbró a pasar las tardes copiando las letras que conformaban los diversos textos de un libro de relatos que adoraba su abuela. Algunos de ellos contenían palabras cuyo significado desconocía, pero que, a sus oídos, resultaban de una sonoridad cautivadora: vejación, crisálida, primigenio, embelesar… Precisamente, en esos casos, subrayaba los términos con su color favorito, el verde, y los observaba con detenimiento, como si de esa forma aprehendiera su significado.

    Un día la maestra llevó al colegio el mismo libro de cuentos que releía a menudo la abuela y les divirtió con uno elegido al azar. Durante la lectura, mientras las palabras llegaban en un susurro a sus oídos, el niño se imaginaba a sí mismo en casa, con su lápiz verde y su cuaderno, recorriendo con dulzura los trazos correspondientes de cada expresión. Ya en casa, Claudio, al contar lo sucedido, mostró un entusiasmo inusitado ante su madre. Ella intentó calmarle con una merienda de chocolate y leche azucarada; pero el chiquillo se levantó de la mesa sin tocarla y salió corriendo en busca de su cuaderno: había tomado una decisión.

    Con el cuaderno en una mano y el lápiz verde en la otra se encerró en “el cuartito para ordenar la cabeza”, que utilizaba su padre. Claudio se sentó en la butaca, de la que le colgaban los pies; abrió despacio la tapa superior de la libreta; pasó las hojas hasta encontrar una en blanco; y, finalmente, se colocó el lápiz entre los dedos y apoyó suavemente la punta sobre el papel. Transcurrieron unos minutos: por fin Claudio había tenido una idea. Repentinamente las palabras brotaron del lapicero en un manantial esmeralda de modo que inundaron las cuadrículas hasta completar varias páginas. El niño sonrió. Estaba satisfecho: había logrado escribir un cuento. Ahora deseaba que lo leyera su abuela, así que llamó a la puerta de su habitación. “Abuela, he escrito un relato para ti. ¿Lo leemos?”. La anciana aceptó la invitación y pronunció cada palabra con un rumor que iba encantando la imaginación de su nieto, como aquellos cuentos que solía leer en la alcoba. Cada vocablo le condujo a cada una de las historias que le había escuchado en otras ocasiones. Eran en sí mismos una narración, un universo libre e independiente que, simultáneamente, daba vida a un relato superior, cuyos engranajes se articulaban con armonía hasta el desenlace. Sumido en la magia, apareció en el salón con el cuaderno. “Mamá, he escrito un relato para la abuela. ¿Lo leemos?”. Su madre inició la lectura con curiosidad, mas el niño la interrumpió al poco de empezar. “Ese no es, mamá. Estás leyendo mis copias del libro de la yaya”. Claudio miró lo que había leído su madre. Pasó las páginas; retrocedió otras. No encontraba su cuento, esa historia caleidoscópica que instantes antes había fluido de los labios de la abuela. Despojó a su madre del cuaderno y se presentó ante la señora. “Abuela, ¿lo leemos otra vez?”. De nuevo las palabras de la narración se deslizaron de su boca en un murmullo que inventó ecos de otras posibles historias.

    NOTAS DE LA AUTORA:
    – Escribí este relato en Zamora, el 4 de enero de 2011. En él me influyó la lectura de La puerta de la luna (Ana Mª. Matute). Anteriormente ha sido publicado en Delirium Tremens y en Letralia.
    – La fotografía fue tomada el 27 de diciembre de 2009 en Zamora.


    El niño que quería escribir un cuento
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

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