• Proyección o error del alcohol

    Ese año, la feria del libro había sido todo un éxito en la localidad gracias, en gran parte, a la potente inversión en publicidad y, sobre todo, a la presencia de una de las autoras cuyo nombre llevaba meses resonando en los medios de comunicación nacionales. Precisamente, durante dos tardes consecutivas, los admiradores y los curiosos podrían hallarla en una caseta de la editorial que la había contratado para dos continuaciones de su bombazo comercial. Como pistoletazo de salida a sus firmas, otro autor, ya en decadencia, la presentó ante los más prestigiosos canales de radio y de televisión así como ante las plumas más destacadas de la prensa. Terminada esa aduladora introducción, Malena agradeció la populosa afluencia de público y solicitó paciencia y orden a la hora de formar la cola para los autógrafos y las dedicatorias.

    Pasaron un par de horas y el sol atormentaba a los pacientes admiradores por la intensidad de sus rayos. Antes de desaparecer a través de una cortina que separaba la cara visible del puesto de otra privada, la escritora anunció un breve descanso de unos veinte minutos. Las caras de los seguidores mostraron cierta contrariedad por lo que el representante de la novelista intentó aquietar la impaciencia de los asistentes con unos marcapáginas de edición limitada.

    Dentro del exiguo e improvisado cuarto, Malena sacó un refresco de la nevera y se apoyó sobre la pared:

    — Esta silla me mata y aún faltan otras dos horas para concluir con la sesión de hoy.

    Mientras pensaba en las incomodidades del puesto, entre las cortinas surgió la cara de Luis, quien le apresuró a que se reincorporara a la tarea. Ella, sin embargo, forzó una sonrisa y le recordó el descanso pactado. El movimiento de las telas la transportó a un episodio de su vida del que había reflejado en un relato, de manera tímida, aquellos detalles susceptibles de despertar morbosidad. Publicado en el suplemento estival de un periódico, el relato apenas habría pasado desapercibido si no fuera porque ella había recibido una llamada telefónica de alguien cuya voz no escuchaba en años. Esa voz y esas cortinas en suave agitación paralizaron su tiempo interno hasta que Luis la llamó desde el exterior, desde el mostrador de esa caseta que ya empezaba a detestar.

    Tantos nombres, tantas dedicatorias, tantos falsos deseos convirtieron las horas en un interminable papel hipócrita que Malena desempeñó con soltura. El reloj marcó el final de su rol y el regreso a su existencia real, esa que añoraba en el mismo grado en que crecía su compromiso económico con la editorial. De este modo, con un hasta mañana, se puso las gafas de sol y el sombrero y se dirigió lentamente hacia la salida del parque.

    Durante el recorrido, miraba con envidia a las personas que charlaban echadas en el prado, pues ellas gozaban de un anonimato que había perdido en el momento en que cambió su ambición literaria por otra más mundana. Esta reflexión le amargó el placer de las masas y la instó a compartir la sensualidad del que sabe que es desconocido para los demás. Vio, apartado del estanque, un banco y decidió descansar releyendo algunos relatos de Borges. Al abrir el libro se le cayó el marcapáginas al suelo por lo que perdió la guía que le indicaba la página en la que había de continuar leyendo. Recogió la cartulina y pasó rápidamente las páginas para encontrar la que correspondía. De repente se fijó en unas palabras que había olvidado y que, curiosamente, le habían servido para el título de aquella historia: “Proyección o error del alcohol, el altercado cesa con la misma rapidez con la que se produjo”[1]. Esas palabras habían construido una narración en la que ella había separado con dificultad los sucesos reales de aquellos que a la imaginación se le había antojado incorporar. Esas mismas palabras, cómplices de su sugestión, trazaron una habitación de un hotel parisino donde la noche, atenuada por los cristales desprovistos de cortinas, había penetrado en sus cuerpos entrelazados, cubiertos de la sed que otorga el placer satisfecho. Esa misma noche supuso el final de un relato que se había iniciado por la tarde ante un escaparate del Bulevar de Clichy.

    Ante el escaparate del negocio, Malena estuvo pensando de nuevo en la lectura que había realizado a ratos en voz alta, a ratos en voz baja, durante el desplazamiento en metro. Como si las palabras se deslizaran en un susurro apenas inaudible dijo:

    — ¿Y de qué hablamos cuando hablamos de amor?

    Diego sonrió y se acercó a ella. Sabía que mostraba debilidad por meditar entre dientes.

    — A ver, Male, ¿ahora qué tramas…?

    Diego la abrazó desde atrás. Entonces ella se giró suavemente y le resumió parte de las sugerencias que le había provocado el breve ensayo sobre el amor de aquel autor argentino. El chico, por toda contestación a esa sencilla perorata, la besó acompañando a la delicadeza de su lengua la suavidad de sus manos. Gozando del cosquilleo en los labios, Malena se separó unos pocos centímetros para preguntarle si se atrevía a entrar.

    El interior del local exhibía el colorido y la osadía que la parte acristalada tan sólo evocaba débilmente. Los objetos dedicados al placer se distribuían en estanterías y percheros variados. Malena se puso a jugar con la lencería.

    — Esto, querida, es de lo que hablo cuando hablo de amor—bromeaba Diego mientras blandía un instrumento fálico.

    Aparte de la zona a pie de calle, la tienda disponía de otras dos zonas diferenciadas. Junto a la puerta principal, nada más entrar, a mano derecha, unas cortinas negras y un par de escalones servían de acceso a unas cabinas. Entre los cortinajes, una mujer, sentada en un taburete, vigilaba las miradas de los curiosos a la vez que se limaba las uñas. Su rostro huraño se oponía al de su compañera, una mujer mayor cuyo cuello delataba su edad. Esta mujer se acercaba a los clientes y les ofrecía su ayuda o los guiaba hacia la planta baja, dedicada casi exclusivamente a objetos de bondage, sadomasoquismo y lencería refinada.

    Diego y Malena descendieron al sótano. Ella se ruborizaba con el contacto de las cuerdas y los dibujos explicativos de algunas cajas de embalaje. Él disfrutaba de ver sus mejillas coloradas, pues acentuaban la sensualidad de su mirada.

    Después de analizar con curiosidad los aparatos, tomaron las escaleras de subida. En ellas se cruzaron con la vendedora:

    — Buenas noches, ¿puedo ayudaros? Me llamo Candice.

    Los dos se quedaron paralizados y se sonrieron mutuamente.

    — Bueno…, no sé, mirábamos nada más- se atrevió a contestar Malena.

    — De acuerdo. ¿Os ha gustado algo? ¿Queréis que os explique algo?— insistió—. ¿O quizás buscáis algo más?

    — ¿Algo más?- repitió Diego.

    — Sí, algo más. Algo más privado. Algo para experimentar— guiñó a Malena—. Os dejo pensarlo mientras voy al almacén.

    Cuando Candice retornó del almacén, los dos jóvenes, vacilantes por la insinuación, permanecían en la mitad de la escalera. El chico pidió a la vendedora que concretara la proposición, ya que no acababan de entender su alcance.

    — Todo es cuestión de vuestros límites y, claro está, de vuestro dinero.

    Diego observaba a Malena buscando, tal vez, un atisbo de incomodidad o, con seguridad, un atisbo de deseo. La agarró de una mano:

    — Gracias, pero sólo mirábamos.

    — Espera, Diego…- lo interrumpió-. ¿De cuánto dinero hablamos?

    La pregunta de Malena sorprendió al chico. En muchas ocasiones habían tonteado con la posibilidad de representar juegos de lo prohibido como dos chiquillos que trepan a árboles de una propiedad privada; pero nunca habían charlado en serio sobre ese tema.

    — Por sesenta, uno íntegro.

    — Sesenta es mucho. ¿No ve que somos pobres?— rieron los dos.

    — Bueno, veamos…— Candice se hizo la interesante—. ¿Qué tal cuarenta? No puedo bajar más el precio. A mí compañera no le gustaría; podría crearle problemas con sus clientes de cabina.

    Malena, por toda contestación, hizo ademán de adelantar el dinero, pero la mujer le explicó que la norma tácita consistía en pagar una vez finalizado el servicio.

    — Esperad aquí. Vengo enseguida.

    Cinco minutos después se encontraban los tres en un cuarto iluminado pobremente. En el fondo, frente a la puerta, un camastro hacía las veces de sofá improvisado. Delante de este, una butaca funcionaría como escenario de la mujer, quien, antes de comenzar a desnudarse, descorchó una botella e invitó a sus espectadores a sentarse y a relajarse tomando vino. Diego acarició las manos de Malena para suavizar una posible tensión que ella, en realidad, ni siquiera presintió.

    Con cada palabra, Candice fue despojándose de su ropa. A pesar de que ambos hablaban fluidamente el francés, en ocasiones le pedían entre risas que aclarase algunos términos sexuales que empleaba. En una de esas veces, la mujer se acercó a Malena, le quitó la copa de vino y le acarició el rostro:

    — Eres muy hermosa.

    Malena escondió su pudor en la oscuridad de la habitación y se dejó guiar por Candice al asiento sobre el que ella había apoyado sus piernas desnudas con el propósito de mostrar su completa desnudez. La joven, sin quitar los ojos de encima a Diego, permitió que la mujer le rozase el cuerpo con su piel. Entonces, ya desprovista de vergüenza, Malena se incorporó y se acercó a Diego. Con un susurro ordenó a la mujer que tomara asiento y se limitase a mirar. Las caricias, los besos, la sensación de que esa libertad, prohibida en cualquier otro lugar del mundo, allí era posible, llenaban la botella que sus bocas vaciaban.

    De esa noche transcurrida entre las bambalinas de ese improvisado teatrillo del Bulevar de Clichy y las sábanas de un hotel céntrico de París, a Malena únicamente le quedó el recuerdo en el que el Sena, el barrio de Montmartre, la Torre Eiffel y el sudor del amor se proyectaban en un espejo de vapores ebrios, ya lejanos desde el banco del Retiro madrileño.

    NOTAS DE LA AUTORA:

    —Este relato ha aparecido publicado anteriormente en las revistas Destiempos y Cavea.

    —La fotografía fue tomada en París (Francia) en febrero de 2010.


    Proyección o error del alcohol –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

    [1] Cita literal sacada del relato “El muerto” de Jorge Luis Borges (publicado en El Aleph).

    Publicado por:
  • Murakami: Kafka en la orilla

    El primer libro de Haruki Murakami que leí fue 1Q84. De eso hace, curiosamente, casi un año, como demuestra la fecha que anoté en el libro. Tiempo después, en las pasadas Navidades, le dediqué mi atención a Kafka en la orilla. Necesité aproximadamente diez meses para asumir otra vorágine de emociones: cambié las dos lunas de Tengo y Aomame por la huída de Kakfa Tamura y la búsqueda de Nakata.

    Kafka en la orilla es una novela que me ha impactado enormemente. Durante su lectura fui consciente de que mi relación con el universo literario estaba cambiando con rapidez, pero no asimilé las repercusiones hasta unos días después. Ese momento llegó cuando retomé la escritura de un relato que había postergado hasta después de las vacaciones. Me sucede que, para escribir, necesito la soledad, el ritmo del silencio y una ventana por la que mirar el exterior. Esa tarde, como ahora, me comprometí con una nueva línea narrativa en la que sentía que resonaban citas como estas:

    “Cada día, al llegar la hora, anochece. Pero el mundo ya no es el mismo que el día anterior. Tú, no eres el mismo que ayer”.

    “La Tierra va rotando sobre su eje. Y, sin ninguna relación con ello, todos nosotros vivimos dentro de un sueño”.

    “Cerrar los ojos … no va a cambiar nada. Nada va a desaparecer simplemente por no ver lo que está pasando. De hecho, las cosas serán aún peor la próxima vez que los abras. Sólo un cobarde cierra los ojos. Cerrar los ojos y taparse los oídos no va a hacer que el tiempo se detenga”.

    “Un recuerdo es algo que te caldea el cuerpo por dentro, pero que, al mismo tiempo, te desgarra por dentro con violencia”.

    Nakata

    Sin embargo, creo que lo que más me llamó la atención fue la forma en la que el autor construyó la trama. La alternancia entre las acciones de Kafka y las de Nakata gozan de un doble atractivo: por un lado, el lector disfruta de los mundos paralelos y simultáneos; por otro, el aspirante a escritor comprende que el juego con la linealidad temporal posee una fuerza determinante a la hora de armonizar realidad, magia y verosimilitud.

    Al margen de teorías racionales, se me antoja pensar que el equilibrio perfecto de la obra reside en la música. La presencia constante de este elemento, a través de la mención de obras y compositores, otorga ritmo a la lectura y abre la interpretación a la intertextualidad y a la extratextualidad.

    Kafka en la orilla, por tanto, es una novela en la que el lector debe ser permeable a la unión de tradiciones literarias y artísticas y, además, debe asumir el riesgo de conmoverse. ¿Estarías dispuesto a ambas cosas?

     NOTAS DE LA AUTORA:

    – La fotografía del dibujo no es mía, sino que la he sacado de la página web a la que va enlazada la imagen.


    Murakami Kafka en la orilla
    (c)
    Olivia Vicente Sánchez

    Publicado por:
  • Mis letras

    Restaurante familiar cerca de Villa Unión (La Rioja, Argentina)

    Restaurante familiar cerca de Villa Unión (La Rioja, Argentina). Imagen usada para Mis Letras.

    Hace años, allá por el 2007 o 2008- ya no recuerdo bien-, tuve la idea de comenzar un blog. En él pretendía dar expresión a las ideas que me sugerían las lecturas, las películas, los sucesos cotidianos, etc. A ese blog le busqué varios nombres, pero me decidí por el de Mis letras. Con esa denominación pretendía reflejar su carácter abierto, subjetivo y espontáneo.

    Después de esos años de titubeos y de ensayos, me planteé crear una web propia, con mi nombre: oliviavicente.com. Ha sido el cariño que he puesto en mi anterior casa, Mis letras, el que ha motivado este nuevo nacimiento. En él quiero dejar la huella de mi personal modo de entender el mundo que me rodea, la mayoría de las veces inundado por la necesidad existencial de la palabra, sonora, escrita, trazada.

    El verbo, en su génesis mítica, es la continuación de aquel principio que hoy es otro.

     NOTA DE LA AUTORA:
    – La fotografía fue tomada cerca de Villa Unión (Argentina) en agosto de 2011.


    Mi anterior casa Mis letras –
    (c) –
    Olivia Vicente Sánchez

    Publicado por: