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Olivia Vicente

Acerca de Olivia Vicente

Olivia Vicente Sánchez nació en Zamora (1979). Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca, donde también realizó los cursos de doctorado y presentó su Trabajo de Grado. Actualmente imparte clases en un instituto de Castilla-La Mancha. Su afición por la literatura comenzó a una edad temprana. Lee y escribe como una forma de entender el mundo que le rodea y experimenta con diferentes géneros. Ha publicado en revistas, blogs, portales de edición y antologías.

El paisaje de las ciudades continúa cambiando

Hay recorridos que vuelven una y otra vez de modo que son obsesiones particulares. Esa insistencia las convierte en características de la personalidad. Al igual que regreso testarudamente a la escritura, tengo por costumbre realizar el mismo recorrido por las ciudades, marcado por la presencia de librerías con las que mantengo un idilio morboso.

Hace pocos días estuve en Zamora y me asaltó un recuerdo. Cuando era adolescente solía caminar, desde la calle Amargura, donde se encuentra la Librería Núñez, hasta el Castillo, mirando escaparates de librerías. No sé si es por cuestión de melancolía o de realidad, pero ahora existen menos librerías que antes. Los efectos de la crisis o de la compra online pueden ser los responsables, pero tal vez existan otras causas menos explícitas: la indiferencia del ciudadano por leer, la falta de tiempo, la presencia de excesivos reclamos vertiginosos…

20091227_0584_copiaSea por un motivo u otro, el paisaje de las ciudades continúa cambiando. Han desaparecido la mayoría de los comercios familiares, que son progresivamente sustituidos por franquicias, grandes almacenes, locales sin personalidad. Un ejemplo de esto lo tenemos en la Plaza Sagasta, en la cual una conocida marca de ropa se ha hecho con el hermoso edificio modernista de las cariátides. Ahora se me antoja desconocido.

Aquí, en Toledo, también me dejo guiar por mi subconsciente. Concretamente, cuando paseo por el barrio, me detengo en el escaparate de La Gavia y miro con timidez el interior. Lo observo así porque, en muchas ocasiones, al pasar por una librería, imagino que soy yo la que espero a un lector, frente al ordenador, buscando en algún catálogo o rodeada por las palabras de alguna obra que está en mis manos. Entonces, de repente, siento la misma incertidumbre que deben de percibir aquellos libreros y libreras que visitan a un oráculo para que les vaticine si Amazon, el libro electrónico, la crisis o la desidia terminarán con sus estanterías.

NOTAS DE LA AUTORA:
– La fotografía fue tomada el 27 de diciembre de 2009 en Zamora.


El paisaje de las ciudades continúa cambiando
(c)
Olivia Vicente Sánchez

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Los zapatos de Juliana

A Juliana le han regalado unos zapatos nuevos, charolados, fucsias, con lunares blancos y las suelas de negro brillante. Su padrino se los entregó en una cajita envuelta en papel de fantasía y atada con un lazo plateado. La niña, atónita, mientras admiraba el obsequio, tan sólo llegó a murmurar:

– ¿Son para mí?

Acto seguido, con la ayuda de su padrino, se los calzó y observó sus pies. Después levantó la mirada y sonrió enseñando una dentadura irregular e incompleta, propia de un niño de esa edad.

– Juliana, cariño, esos zapatos- bajó el tono de voz el padrino- son mágicos, ¿sabes?

– ¿Mágicos?- se sorprendió la niña.

– Sí, preciosa, mágicos.

– ¿Y qué hacen?

– No sé. Eso depende de ti- le guiñó.

Juliana saltó de repente y corrió hasta el salón, donde se encontraban sus padres viendo la televisión. La niña, profundamente emocionada, les mostró las manoletinas y les anunció el poder oculto de las mismas:

– Estos zapatos son mágicos y… y me servirán para…- dudaba-, para llegar al lugar que yo quiera.

– Estupendo- se rió su padrino, que la había seguido hasta el salón-. Es una idea estupenda.

Juliana se fue a su cuarto de nuevo y se inventó una frase para provocar el encantamiento. Luego miró los zapatitos. ¡Eran tan hermosos!… Estuvo así un buen rato hasta que, sentada al pie del armario, sobre la alfombra, se durmió; mas un beso la despertó: era su padrino, que tenía que marcharse ya a su ciudad. Este contuvo las lágrimas que la niña fue incapaz de retener:

– Venga, guapa, ya sabes que volveremos a vernos pronto. Las próximas vacaciones están cerca.

A la par que le decía estas palabras la abrazaba fuertemente.

– Juliana, cuando vuelva, te traigo otro cuento escrito para ti, ¿quieres?- le susurró al oído.

La niña asintió con la cabeza. A continuación, los pasos se alejaron de su habitación; escuchó una breve despedida entre sus padres y el padrino y, finalmente, el cierre de la puerta principal.

Juliana, entristecida, regresó a su lugar favorito, donde instantes antes la había despertado su padrino. Allí pasó la tarde jugando hasta la hora del baño. Después de asearse, cenó. Como estaba cansada, los padres la llevaron al cuarto medio dormida y la acostaron en su camita.

A media noche, Juliana notó frío en los pies y se acordó de su padrino. Entonces buscó debajo de la cama y encontró los zapatos, se los puso y se fue a su rincón. Allí, tras encender la luz auxiliar de la mesita de noche, se sentó, apoyada la espalda en el guardarropa, y, otra vez, la venció el sueño. Al rato, la despertaron:

– ¿Qué haces aquí, Juliana? ¿Cómo has logrado llegar? ¿No te dije antes de irme que nos veríamos en las próximas vacaciones?

– ¡Son los zapatos!- gritó la niña- ¡Los zapatos son mágicos!

NOTAS DE LA AUTORA:
– Escribí este relato en Zamora, el 7 de enero de 2009. Anteriormente ha sido publicado en Mis letras. Mi sueño sería que algún día se convirtiera en un relato publicado en forma de álbum
– La fotografía fue tomada el 2 de noviembre de 2011 en Barcelona.


Los zapatos de Juliana
(c)
Olivia Vicente Sánchez

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