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Olivia Vicente

Acerca de Olivia Vicente

Olivia Vicente Sánchez nació en Zamora (1979). Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca, donde también realizó los cursos de doctorado y presentó su Trabajo de Grado. Actualmente imparte clases en un instituto de Castilla-La Mancha. Su afición por la literatura comenzó a una edad temprana. Lee y escribe como una forma de entender el mundo que le rodea y experimenta con diferentes géneros. Ha publicado en revistas, blogs, portales de edición y antologías.

Una historia de la indagación

Cuando tenía aproximadamente dieciséis años, escribí lo que llamé entonces una novela. La protagonista, una muchacha ciega, conocía su mundo venciendo sus limitaciones visuales. Sin embargo, su reto no era únicamente ese, sino hallar las repuestas a una serie de preguntas que se sucedían en su mente.

Veinte años después, estoy escribiendo una historia de la indagación. Su relato mantiene ciertos vínculos con el que diseñé siendo adolescente, pero está muy influido por las lecturas que he realizado a lo largo de estas dos décadas. Todas esas obras no han dado respuesta al interrogante más grande que vive en mi cabeza: ¿quiénes somos cada uno de nosotros? Contrariamente, han avivado más la necesidad de continuar indagando.

José María Merino afirma que “solamente leyendo se aprende a escribir”. Yo adaptaría su cita de esta forma: “solamente dudando se aprende a vivir”. Es la búsqueda lo que puede dar sentido a esa serie de preguntas, de las que se ramifican otras. Por eso, la escritura es un instrumento de indagación que facilita la aparición de misterios.

Cuadernos con relatos

Cuadernos con relatos

Cuando leemos, proyectamos nuestra personalidad en la elección de los libros. Los personajes conviven con nosotros. El narrador nos relata los sucesos susurrándonos en los oídos. Parece que reconocemos espacios en los que jamás podríamos haber estado. Pactamos de esta forma con las obras y sellamos esta confianza al pasar las páginas. Terminar un libro es terminar una amistad. Luego, nos quedamos en un estado de nostalgia, un luto breve que concluye con el siguiente libro que empezamos.

Cuando escribimos, nos toca crear esos enigmas. Nos sentimos huérfanos a la hora de tomar decisiones. Las dudas nos asaltan, pero ¡es tan embaucadora la imaginación! Se trata de un doble papel, escritora y lectora, que, a su vez, se alimenta de otros escritores que han sido eternos lectores.

Hoy, la espiral continúa. Esta noche acabaré probablemente Baila, baila, baila. Las dudas de Murakami me llevarán a las preguntas de otras personas. Buscaré en el libro electrónico: ¿qué ruta tomaré? ¿Faulkner, Duras, Vila-Matas, Auster…?  

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El rojo no es símbolo del amor. Dickens, Rojas y Penny Dreadful

El rojo es su color. Las almas noctámbulas se alimentan de miedo, muerte y sensualidad.

Ataviada con la magia de la noche, he fotografiado el folleto de la exposición de Ingres. Desde el lunes pasado, no he dejado de pensar en la sensualidad que transmite su pincel. ¿Qué guardan las manos de un pintor? ¿Qué secretos proponen a la persona que contempla y contemplará sus composiciones? Es difícil saberlo si pretendemos racionalizarlo todo.

La noche bajo su velo ofrece un mundo cambiado, en el cual no existen las fronteras claras entre la realidad y la fantasía. Además, debido a mis problemas para conciliar el sueño, es el mejor momento del día para visitar el Hotel Delfín de Baila, baila, baila o deambular por las historias de Para leer al anochecer. Tanto Haruki Murakami como Charles Dickens saben bien del tema.

El libro editado por Impedimenta reúne varios cuentos que muestran otra vertiente del autor. “El guardavías”, “El fantasma en la habitación de la desposada” o “La historia del retratista” podrán gustar al lector que admire a Edgar Allan Poe o a Robert Louis Stevenson, ya que recuerdan las atmósferas creadas en Los asesinatos de la calle Morgue o en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Sin embargo, si tuviera que elegir uno, optaría por “Pálpitos confirmados”, ya que el narrador exhibe el humor, la ironía y la acidez que son propias de obras como David Copperfield.

La muerte, que surge en el Londres de Para leer al anochecer, es la pareja inseparable de la vida. Juntas constituyen el binomio perfecto. Entre ambas, la sexualidad es la huida de una mortalidad fatídica:

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Condesa de Haussonville de J. Auguste Dominique Ingres

Condesa de Haussonville de J. Auguste Dominique Ingres

En los versos de Gonzalo Rojas, el acto sexual sirve de catarsis. Los seres humanos anhelamos detener el tiempo; izamos las manos para captar su infinitud en el clímax. Esta pequeña venganza nos alivia unos instantes en los que nos creemos eternos, ajenos a la expiración. Entonces podemos caer en la somnolencia arrastrados por el placer, protegidos por el calor corporal de nuestro amante y por el rubor de nuestras mejillas.

El rojo no es símbolo del amor, sino de vida y muerte. La sangre tiñe las obras de terror. Disfrutamos de su presencia obscena en la televisión porque nos reconfortan las víctimas, observar su tragedia de vísceras y secreciones.

La sangre es el distintivo de Penny Dreadful, que toma el nombre de revistas o libros baratos que contenían historias sensacionalistas. Parte de los personajes proceden de clásicos literarios, como Drácula, Frankenstein o Dorian Grey, y se hallan huérfanos en una sociedad de la que intentan salvarse a través de la amistad y de la lealtad. Pero el mal no solo se expresa a partir de crímenes, sino que subyace en la propia naturaleza humana, ávida de eternidad, juventud, posesión.

Londres se viste de esa decadencia: sus calles, húmedas y oscuras, son el escenario para las persecuciones; las casas victorianas son el teatro para rituales satánicos y exorcizantes; el subsuelo, al son del metropolitano, esconde a los marginados, pobres y deformes, que reciben la caridad de la burguesía; las atracciones de la urbe se alimentan de las matanzas que asolan a la población. Lujo y miseria en el sinsentido de la vida, y de la muerte, para enganchar a un espectador que agradece las interpretaciones del reparto, en el que destaca Eva Green.

Esta noche, cuando vayas a dormir, recuerda que bajo las sábanas, rodeado por la negrura de la habitación, podrás ahuyentar tus demonios con las pesadillas que atormentan a otros individuos. Así, con la sonrisa displicente en tus labios, te sentirás cómplice del dios creador de tu lectura y luego soñarás tranquilo porque, esta vez, no has sido tú el protagonista de esa angustia.


NOTAS DE LA AUTORA:

—Las fotografías fueron realizadas con una Canon Ixus 200 IS y editadas con el programada ACD See Pro 6El detalle del Cementerio de la Recoleta (Buenos Aires) se fotografió el 29 de julio de 2010 y el folleto el 11 de febrero de 2016.

—Datos de las obras literarias:

Para leer al anochecer de Charles Dickens ha sido publicado por Impedimenta por primera vez en noviembre de 2009.

Los versos pertenecen al poema “Contra la muerte” de la obra homónima del poeta chileno Gonzalo Rojas.

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De la despersonalización a Oliver Sacks

Me tropecé con El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de manera casual. Estaba buscando información sobre la desrealización y la despersonalización y mis indagaciones desembocaron en esta obra de Oliver Sacks, recientemente fallecido. La sorpresa fue doble, pues, por un lado, me sorprendió la forma que tiene el autor de aproximarse a la patología y, por otro, me despertó otras curiosidades sobre la neurología y el comportamiento de nuestra especie.

A lo largo del ensayo, Sacks recoge veinticuatro casos sobre pacientes diversos: un marido que no reconoce a su mujer si no lleva un sombrero; un soldado que no recuerda parte de su vida y que se ha anclado en un momento de su existencia; dos hermanos que gozan de una mente prodigiosa para calcular fechas pero que no son capaces de entender el concepto de la suma o de la resta; mujeres que no mueven las manos u otra parte del cuerpo si no las visualizan; artistas de la palabra o enciclopedias andantes, pero marginados por su bajo cociente intelectual, etc. Las circunstancias, de muy variada índole, muestran el acercamiento de un neurólogo dispuesto constantemente a aprender de las personas que acuden a la consulta. El denominador común se halla en la certeza de que la mente está vinculada al cuerpo y a las emociones, por lo que la salud ha de atenderse contando con estos tres ejes.

Detalle de escultura de Baltasar Lobo, expuesta en el Museo de Baltasar Lobo (El Castillo, Zamora).

Detalle de escultura expuesta en el Museo de Baltasar Lobo (El Castillo, Zamora).

Además de constituir una lectura interesante y sorprendente por la literatura médica, es una obra que me ha hecho reflexionar sobre el tabú en el que aún nadan las enfermedades neurológicas y psiquiátricas. En un mundo donde solo es posible la perfección, existe poca empatía hacia las personas que padecen algún tipo de trastorno, a pesar de que, según la OMS, la población mundial ha sufrido o sufrirá en algún momento de su vida algún cuadro de ansiedad, estrés, depresión… Por eso esta obra de Sacks es más que recomendable, ya que nos acerca al ser humano, a nuestras debilidades y fortalezas, y lo hace desde una perspectiva optimista en tanto que recalca que la curación y la recuperación dependen en gran medida de cómo se acepten las patologías. Además, rescata otra cuestión que es necesaria recordar: cuando analiza en el apartado “El mundo de los simples” a personas catalogadas como minusválidos psíquicos, realiza justicia social, puesto que habla también de su papel en la vida en general, es decir, no los reduce a una etiqueta sino que menciona cómo sobresalen en la música, la poesía, el teatro, el cálculo, la danza o en las propias relaciones interpersonales.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero es un libro que va más allá de la neurología. Es un ensayo médico que profundiza en las relaciones médico-paciente y en nuestro conocimiento sobre las conductas físicas, cerebrales y emocionales humanas. Invita a analizar nuestras mentes y sus reacciones y enciende el motor de otras lecturas, pasadas o futuras, pero siempre sugerentes.

Así fueron mis pasos de la despersonalización a Oliver Sacks porque todos los caminos llevan a la lectura. ¿Cuáles fueron los tuyos para llegar a este autor?

NOTA DE LA AUTORA:

— La fotografía fue tomada por la autora en el Museo de Baltasar Lobo (Zamora) con una cámara Canon PowerShot G3 el día 27 de agosto de 2009.

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Dulce señora

Pintura del Museo del Monasterio de Yuste.

Pintura del Museo del Monasterio de Yuste.

¿En qué piensas, dulce señora, atrapada en tu cárcel de madera?

¿Son las horas las que te preocupen, aquellas que, aturdida por la ausencia de movimiento, te reclaman?

¿Son los sueños, esos que por tu condición te prohibieron despertar, los que maltratan tu tiempo de reposo?

¿Quizás es el lastre del pasado o la incertidumbre del futuro, que se yergue con el paso de las estaciones eternas?

En tu callada respuesta, al contemplar tus hermosos ojos, el mío, único, ciclópeo, quiere envolver tu tez con su velo gris para darte otra realidad, fuera de la geometría.

Dulce señora, dime, por favor, en qué piensas. 

NOTA DE LA AUTORA:

— La fotografía fue tomada con una Nikon D3200 en el Monasterio de Yuste el 12 de diciembre de 2015.

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