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Olivia Vicente

Acerca de Olivia Vicente

Olivia Vicente Sánchez nació en Zamora (1979). Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca, donde también realizó los cursos de doctorado y presentó su Trabajo de Grado. Actualmente imparte clases en un instituto de Castilla-La Mancha. Su afición por la literatura comenzó a una edad temprana. Lee y escribe como una forma de entender el mundo que le rodea y experimenta con diferentes géneros. Ha publicado en revistas, blogs, portales de edición y antologías.

Yo soy Atilio y estoy muerto

Yo soy Atilio y estoy muerto, aunque, en realidad, fallecí hace ya mucho tiempo, en 1943, cuando apenas había cumplido los doce años. Ese día mi padre me apremiaba subiendo por la calle Feltrino, mientras farfullaba palabras que casi no podía comprender. En ese preciso instante, me reafirmé en una creencia: mi cumpleaños estaba maldito. Esa constatación me liberó del miedo que había sentido al nacer, empapado en la sangre de la mujer que me había dado la vida y a quien yo había matado.

Con cada disparo, me tronaban los oídos y percibía el terror de mi padre, a quien, al ritmo de las balas, le sudaba la mano. La mía se escurría y, justo cuando parecía que se iba a soltar de la suya, mi padre la apretaba con aún más fuerza. “Corri, Atilio, corri”. Pero no corríamos: arrastrábamos los pies, cansados por la humedad que nuestros pulmones habían respirado bajo tierra durante meses y por el peso de las escasas posesiones que habían sobrevivido a los morteros y a nuestro olvido.

Via Feltrino

Via Feltrino (Castel Frentano)

Al pasar junto a la casa de Antonia, mi mirada se clavó en la puerta. Estaba reforzada con tablones dispuestos horizontalmente. Ralenticé el ritmo, por lo que mi padre me tiró del brazo bruscamente. Mis ojos deseaban desligarse del resto del cuerpo, mas no fui capaz de retener nuestro avance. “Corri, Atilio, corri”, salmodiaba. La puerta se alejaba y su compañero, el banco, parecía más solo que el día en el que la pequeña Tonetta y su familia habían escapado del pueblo.

A medida que ascendíamos, nos alejábamos de la campiña. El sol, en su ocaso, se escondía tras las casas, que, poco a poco, se aproximaban unas a otras de modo que casi no se vislumbraban retazos de los pastos. Al llegar al pie de la iglesia, mi padre se paró en seco, miró hacia todas las calles que desembocaban en la plaza e, intentando recomponer el rostro, dijo:

─Non sarai più Atilio. Ora vi sarai un’altra persona.

El viento nos azotaba en la cara, así que nos guarecimos bajo el arco de la puerta. Mi padre miró al cielo, se persignó y murmuró una oración. Yo le miraba: había llegado nuestra hora de huir.

Pasaron varios minutos hasta que llegó un coche. Mi padre se aproximó a la puerta del conductor, quien bajó la ventanilla. Entonces le mostró unos papeles y ambos me miraron a mí, que estaba en la entrada de la iglesia, escuchando disparos, cuya procedencia era desconcertante, ya que el eco impedía localizar la ubicación del combate. El conductor asintió y nos metimos en el coche. Arrodillado en el asiento, contemplé el recorrido del minuto que me despedía del pueblo en el que había nacido y al que hoy, en la muerte, he decidido volver.

La casa de Tonetta está fría. Lejos queda ya mi exilio en España y en Argentina. Aquí, sentado en el banco, parece que todo fue un sueño del Gran Sasso.

NOTAS DE LA AUTORA:

—Este relato fue escrito siguiendo las pautas del I Concurso Historias de la calle del Club de Escritura Fuentetaja.

—La fotografía fue tomada en Via Feltrino (Castel Frentano) el 27 de marzo de 2016 con una Nikon D3200. La original es en color. La he editado usando ACD See Pro 6.

Yo soy Atilio y estoy muerto – (c) – Olivia Vicente Sánchez

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Cervantes era solo un hombre

¿Por qué es importante el Quijote? Me preguntaron el jueves mientras un grupo de estudiantes leía la obra cumbre de Miguel de Cervantes entre bostezos, charlas paralelas y escaso entusiasmo. Antes de contestar, quise evitar hacerlo por una única razón: ¿serviría de algo?

En el Día del Libro se celebra el gusto por la lectura, además de la muerte de dos figuras literarias universales: William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Surgen todo tipo de eventos alrededor de estos escritores, pero, en cambio, nos encontramos con que son autores que cada día se hallan más lejos del público juvenil y adulto. ¿Por qué? La respuesta más fácil reside en su dificultad, ya que su estilo y la época en la que ambos vivieron distan mucho de los modos actuales. No obstante, creo que existen otros motivos y uno de ellos es el nivel de frustración del lector.

Estatua de Garcilaso de la Vega en Toledo.

Estatua de Garcilaso de la Vega en Toledo.

Si bien es cierto que aconsejo detener la lectura de una obra que no agrade, igual de cierto es que, para gozar de textos difíciles, hemos de aprender a ejercitar nuestra mente. Cuando yo tenía dieciséis años, leí por primera vez el Quijote, parte I y II. Reconozco que no entendí muchas cosas. Los discursos ensayísticos, las narraciones insertadas, los versos, las ironías, la teoría literaria y otros ingredientes, los leí superficialmente, con la cabeza de una adolescente que siempre había leído de todo. Pero, de todo ello, se quedó un poso, que, posteriormente, durante la carrera y el desarrollo de mi profesión, germinó.

Leer no es fácil. Requiere una mente ligera y atenta, tiempo, un lugar en el que nos sintamos en intimidad, aunque nos hayamos sentado en mitad de un huracán. Pero, sobre todo, requiere paciencia. No podemos acercarnos a un libro con las prisas con las que contestamos a un mensaje por teléfono. No. Porque si lo hacemos así, rompemos la magia de ese regalo.

Casa Museo Esquivias

Casa Museo Cervantes (Esquivias).

Cuando escribió el Quijote estaba lleno de dudas. Ya era un anciano. No había cumplido su sueño de ser poeta de la corte y no había podido hacer sombra al Fénix de los Ingenios. Me lo imagino escribiendo esas páginas, bajo la luz de las velas, con la vista cansada y múltiples desilusiones en la espalda. Así Cervantes era solo un hombre, un hombre con un sueño, el de ser inmortal a través de la Literatura. Él, entonces, no sabía que su muerte marcaría la fecha del Día del Libro; tampoco sabía que su nombre se usaría para denominar un premio de las letras; mucho menos podría imaginarse que su obra sería traducida a todos los idiomas, que cuatro siglos después se estudiaría en las aulas y que se vendería en cualquier rincón del planeta, incluso que se pagarían en librerías de antiguo cantidades irónicas para él, que pasó hambre y sufrió prisión, por ciertos ejemplares. Su cara mostraría un profundo asombro.

Hoy he tenido miedo. Me desperté pensando en que el Quijote se había convertido en un cadáver, como el cuerpo de su autor, embalsamado y expuesto en una vitrina ante la mirada de un público esquivo. Le había pasado lo que Ray Bradbury plasmó de manera breve y certera:

Hay peores cosas que quemar libros, una de ellas es no leerlos.

Sería triste que esta obra y otras miles, escritas hace siglos, se enterraran en el olvido y que solo se desempolvaran para dar el nombre a una institución, a un galardón o a un evento. Creo que Miguel de Cervantes preferiría que lo recibieras en el salón de tu casa, con un café en la mesa y con la calma de quien sabe que la dedicación tiene su recompensa: la palabra soñada por otros.

NOTA DE LA AUTORA:

— La fotografía de la escultura fue tomada por la autora el 22 de julio de 2014 con una Canon Ixus 200 IS. Se trata de la estatua de Garcilaso de la Vega, otro autor que corre peligro de que sus obras sirvan exclusivamente para decorar estanterías. Se encuentra en Toledo, frente a la Iglesia de San Pedro Mártir.

— La segunda imagen se fotografió el 14 de marzo del mismo año con la cámara GT-I9300 de un Samsung Galaxy III. Ha sido procesada con el programa ACD See Pro 6.

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Una historia de la indagación

Cuando tenía aproximadamente dieciséis años, escribí lo que llamé entonces una novela. La protagonista, una muchacha ciega, conocía su mundo venciendo sus limitaciones visuales. Sin embargo, su reto no era únicamente ese, sino hallar las repuestas a una serie de preguntas que se sucedían en su mente.

Veinte años después, estoy escribiendo una historia de la indagación. Su relato mantiene ciertos vínculos con el que diseñé siendo adolescente, pero está muy influido por las lecturas que he realizado a lo largo de estas dos décadas. Todas esas obras no han dado respuesta al interrogante más grande que vive en mi cabeza: ¿quiénes somos cada uno de nosotros? Contrariamente, han avivado más la necesidad de continuar indagando.

José María Merino afirma que “solamente leyendo se aprende a escribir”. Yo adaptaría su cita de esta forma: “solamente dudando se aprende a vivir”. Es la búsqueda lo que puede dar sentido a esa serie de preguntas, de las que se ramifican otras. Por eso, la escritura es un instrumento de indagación que facilita la aparición de misterios.

Cuadernos con relatos

Cuadernos con relatos

Cuando leemos, proyectamos nuestra personalidad en la elección de los libros. Los personajes conviven con nosotros. El narrador nos relata los sucesos susurrándonos en los oídos. Parece que reconocemos espacios en los que jamás podríamos haber estado. Pactamos de esta forma con las obras y sellamos esta confianza al pasar las páginas. Terminar un libro es terminar una amistad. Luego, nos quedamos en un estado de nostalgia, un luto breve que concluye con el siguiente libro que empezamos.

Cuando escribimos, nos toca crear esos enigmas. Nos sentimos huérfanos a la hora de tomar decisiones. Las dudas nos asaltan, pero ¡es tan embaucadora la imaginación! Se trata de un doble papel, escritora y lectora, que, a su vez, se alimenta de otros escritores que han sido eternos lectores.

Hoy, la espiral continúa. Esta noche acabaré probablemente Baila, baila, baila. Las dudas de Murakami me llevarán a las preguntas de otras personas. Buscaré en el libro electrónico: ¿qué ruta tomaré? ¿Faulkner, Duras, Vila-Matas, Auster…?  

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El rojo no es símbolo del amor. Dickens, Rojas y Penny Dreadful

El rojo es su color. Las almas noctámbulas se alimentan de miedo, muerte y sensualidad.

Ataviada con la magia de la noche, he fotografiado el folleto de la exposición de Ingres. Desde el lunes pasado, no he dejado de pensar en la sensualidad que transmite su pincel. ¿Qué guardan las manos de un pintor? ¿Qué secretos proponen a la persona que contempla y contemplará sus composiciones? Es difícil saberlo si pretendemos racionalizarlo todo.

La noche bajo su velo ofrece un mundo cambiado, en el cual no existen las fronteras claras entre la realidad y la fantasía. Además, debido a mis problemas para conciliar el sueño, es el mejor momento del día para visitar el Hotel Delfín de Baila, baila, baila o deambular por las historias de Para leer al anochecer. Tanto Haruki Murakami como Charles Dickens saben bien del tema.

El libro editado por Impedimenta reúne varios cuentos que muestran otra vertiente del autor. “El guardavías”, “El fantasma en la habitación de la desposada” o “La historia del retratista” podrán gustar al lector que admire a Edgar Allan Poe o a Robert Louis Stevenson, ya que recuerdan las atmósferas creadas en Los asesinatos de la calle Morgue o en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Sin embargo, si tuviera que elegir uno, optaría por “Pálpitos confirmados”, ya que el narrador exhibe el humor, la ironía y la acidez que son propias de obras como David Copperfield.

La muerte, que surge en el Londres de Para leer al anochecer, es la pareja inseparable de la vida. Juntas constituyen el binomio perfecto. Entre ambas, la sexualidad es la huida de una mortalidad fatídica:

Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
porque yo mismo soy una cabeza inútil
lista para cortar, pero no entender qué es eso
de esperar otro mundo de este mundo.

Condesa de Haussonville de J. Auguste Dominique Ingres

Condesa de Haussonville de J. Auguste Dominique Ingres

En los versos de Gonzalo Rojas, el acto sexual sirve de catarsis. Los seres humanos anhelamos detener el tiempo; izamos las manos para captar su infinitud en el clímax. Esta pequeña venganza nos alivia unos instantes en los que nos creemos eternos, ajenos a la expiración. Entonces podemos caer en la somnolencia arrastrados por el placer, protegidos por el calor corporal de nuestro amante y por el rubor de nuestras mejillas.

El rojo no es símbolo del amor, sino de vida y muerte. La sangre tiñe las obras de terror. Disfrutamos de su presencia obscena en la televisión porque nos reconfortan las víctimas, observar su tragedia de vísceras y secreciones.

La sangre es el distintivo de Penny Dreadful, que toma el nombre de revistas o libros baratos que contenían historias sensacionalistas. Parte de los personajes proceden de clásicos literarios, como Drácula, Frankenstein o Dorian Grey, y se hallan huérfanos en una sociedad de la que intentan salvarse a través de la amistad y de la lealtad. Pero el mal no solo se expresa a partir de crímenes, sino que subyace en la propia naturaleza humana, ávida de eternidad, juventud, posesión.

Londres se viste de esa decadencia: sus calles, húmedas y oscuras, son el escenario para las persecuciones; las casas victorianas son el teatro para rituales satánicos y exorcizantes; el subsuelo, al son del metropolitano, esconde a los marginados, pobres y deformes, que reciben la caridad de la burguesía; las atracciones de la urbe se alimentan de las matanzas que asolan a la población. Lujo y miseria en el sinsentido de la vida, y de la muerte, para enganchar a un espectador que agradece las interpretaciones del reparto, en el que destaca Eva Green.

Esta noche, cuando vayas a dormir, recuerda que bajo las sábanas, rodeado por la negrura de la habitación, podrás ahuyentar tus demonios con las pesadillas que atormentan a otros individuos. Así, con la sonrisa displicente en tus labios, te sentirás cómplice del dios creador de tu lectura y luego soñarás tranquilo porque, esta vez, no has sido tú el protagonista de esa angustia.


NOTAS DE LA AUTORA:

—Las fotografías fueron realizadas con una Canon Ixus 200 IS y editadas con el programada ACD See Pro 6El detalle del Cementerio de la Recoleta (Buenos Aires) se fotografió el 29 de julio de 2010 y el folleto el 11 de febrero de 2016.

—Datos de las obras literarias:

Para leer al anochecer de Charles Dickens ha sido publicado por Impedimenta por primera vez en noviembre de 2009.

Los versos pertenecen al poema “Contra la muerte” de la obra homónima del poeta chileno Gonzalo Rojas.

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